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Opinión

Contrastes

 La muestra explícita de «confesionalismo» de muchos cargos públicos no es propia de un Estado aconfesional

El domingo de resurrección pone fin a la Semana Santa entre tambores y procesiones, que se suceden a lo largo de unas cuantas jornadas, tanto en grandes ciudades como en pequeños pueblos, durante meses abandonados y en estos días abarrotados de gente que sigue, en algunos casos con devoción, en otros con curiosidad, los desfiles de pasos adornados y cuidados para la ocasión. A los contrastes meteorológicos que curiosamente son invocados casi siempre para Semana Santa, y aquí en Zaragoza, también para las fiestas del Pilar, se suman otros que, personalmente, me llaman la atención, siempre desde el máximo respeto.

Hay quienes pasaban por allí (es un modo de decirlo). Me refiero a quienes se acercan al espectáculo con esa curiosidad de la que hablaba antes, asistir a esa peregrinación infinita de cofrades vestidos con el hábito identificativo de su cofradía y el capirote. Ese baile de pasos entre el sonido de bombos roncos, tambores vibrantes y trompetas hirientes, que paradójicamente invitan al silencio, es un elemento muy atractivo que fascina a residentes y a visitantes, reconociendo que no deja de ser un evento con tres dimensiones: la tradicional, la cultural y la festiva, aunque si preguntásemos a un marciano recién soltado en la superficie terrestre, probablemente hablaría más de folclore representado en las mantillas y peinetas de las manolas, y de fanatismo ante imágenes de pies descalzos encadenados o latigazos a espalda descubierta.

Decía que los hay que se acercan a ver qué se cuece, pero también hay quienes lo viven con verdadera devoción y con una fe incondicional que les nace de las entrañas. Absolutamente respetable esa vivencia personal y emocional, que, a quienes no andamos en las mismas, nos cuesta entender, ya que debería formar parte de la esfera privada.

La invasión del espacio público de estas manifestaciones es tal que, lejos de mostrar un país aconfesional, nos muestra a católicos-apostólicos-romanos, sin que nos hayamos desprendido de ese matrimonio entre religión católica e instituciones civiles (políticas y militares), vulnerando el artículo 16.3 de la Constitución sobre la aconfesionalidad del Estado.

Ver desfilar en las procesiones, ocupando lugares de honor en ceremonias religiosas a alcaldes y alcaldesas, concejales y concejalas, y presidentas y presidentes autonómicos, en representación de su cargo, es algo que me chirría profundamente, cuando, reitero, debería formar parte del ámbito privado, y cada uno/a, a título personal, que por supuesto haga lo que quiera/sienta.

Al menos, aquí en Zaragoza, no hay un intercambio del bastón de mando de la alcaldía, como sucede en Toro (Zamora) con la insignia del abad mayor de una cofradía, donde el poder civil y el religioso se «casa» sin pudor alguno... Pero tiempo al tiempo. Se empieza por coincidir con el arzobispo presentando un álbum de cromos y…

Tampoco entiendo, en un Estado de derecho, que permanezca intacto ese «perdón» medieval para algunos reos, por los que el Ministerio de Justicia concede el indulto a petición de entidades eclesiales y cofradías. Esta tradición nacionalcatólica me parece un insulto para otros condenados, que quizá también lo merecen. La exhibición de los legionarios, mostrando al Cristo de la Buena Muerte como un trofeo, mientras cantan Soy el novio de la muerte armados hasta las cejas, es un espectáculo bochornoso, aunque asegurado (el espectáculo digo) por partida doble si cuenta con la asistencia de la Sra. Díaz Ayuso.

De la discriminación de las mujeres en algunas cofradías, ya ni hablamos. Y es que claro, eso también es tradición, patriarcal, pero tradición. Se encargaban de labores invisibles como adornar los pasos, bordar las túnicas o limpiar los altares, y aunque esto ha ido cambiando, siguen sin estar en cargos de responsabilidad, y en unas cuantas, todavía vetadas. De hecho, recientemente, ha sido noticia la Cofradía de la Purísima Sangre en Sagunto por votar en contra de la participación de mujeres.Afortunadamente el Gobierno ha iniciado trámites para retirarles títulos honoríficos (yo añadiría, por machistas).

Pero, vaya... más allá de estos pequeños contrastes, lo que realmente nos perjudica es esta muestra explícita del «confesionalismo» por parte de muchos cargos públicos (en el ejercicio de su cargo) que no es propia de un Estado democrático, de derecho y aconfesional, porque debería pesar más el respeto al conjunto de una sociedad, diversa y plural, de la que todos, creyentes o no, formamos parte.

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