Opinión
Juancarlista y a mucha honra
Nada parece haber pasado cuando en la Maestranza de Sevilla vitorean al rey emérito, un hombre que engañó sabiendo que lo hacía
Al emérito lo reciben en la Maestranza de Sevilla entre vítores y grandes ovaciones y preguntas como «majestad, ¿cuándo va a volver a vivir en España definitivamente?» Y el emérito sonríe y seduce con la mirada de un niño que sabe que ha hecho algo mal, pero también sabe que su papá y su mamá lo quieren y por eso lo perdonan y en nada lo abrazarán y corearán su nombre cuando el niño haga algo bien. Aunque sea mínimamente bien. Eso tiene el amor y la admiración cuando es ciega y no sabe distinguir entre las cosas bien hechas y las mal hechas, mezclándolas, cocinándolas a fuego lento, hasta que desaparecen los matices y no importa si el emérito robó o engañó.
Porque él podía hacerlo porque España se lo permitía e incluso en sus años de mandato se escuchaba eso de «yo no soy monárquico, soy juancarlista y a mucha honra». Menuda afirmación tan ridícula y esperpéntica si la miramos con los ojos de hoy que son los que interesan, porque son los que leen la historia y no aquellos de los años ochenta cuando Juan Carlos había traicionado a Franco de alguna manera y nos salvaba de un golpe de Estado bastante chusco y muy de así. Porque somos hombres y sobre todo si somos españoles y con uniforme y esas dos cuestiones hicieron que muchos españoles, que no era monárquicos, se consideraran juancarlistas y alabaran su cercanía, su indulgencia, su sabiduría popular y permitieron que con fondos del Estado se silenciaran sus romances y amoríos e hicieron ojos tuertos para no ver que el emérito, entonces rey Juan Carlos I, hacía cosas que no estaban bien hechas. Le gustaba demasiado el dinero, engañaba a su familia y hacía de España un cortijo en el que él podía hacer y decir casi cualquier cosa porque con pedir perdón todo se archivaba.
Todo eso sucedió y todo eso parece no haber pasado cuando veo cómo en Sevilla lo vitorean, ignoro la razón, porque no hay ningún motivo para corear el nombre de un hombre que engañó sabiendo que lo hacía, burlándose de las cosas por las que se había convertido en un ser admirable, creando juancarlistas que no monárquicos que hoy estarán avergonzados, mientras otros lo aplauden como si fuera un rey con trono y corona y no un rey destronado que vaga buscando un lugar en el que descansar como anciano errante que es.
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