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Opinión

Al fin, más bueyes que leones

La democracia ha sido cuestionada más de una vez. Recordamos a aquel cómico feroz, Coluche, que estuvo a punto de disputar lapresidencia a Mitterrand y a Giscard Destaing. Reculó antes, recomendando que no se le ocurriera a nadie votarle. El actual presidente de Ucrania, por cierto, también vino de la comedia (al parecer uno de sus números más celebrados era tocar el piano con su pene). Este ganó —en aquella convenientemente estimulada revuelta de la plaza de Maidán y las elecciones posteriores— y la historia lo sorprendió como a Chaplin al salir a la avenida justo delante de la manifestación en aquella película. Berlusconi también se presentó, desde otro rincón de la contienda ideológica, con un partido a su medida. Lo de Coluche fue un intento crítico para denunciar los incumplimientos de un contrato social trucado y corrupto, pero Berlusconi gobernó Italia y de paso averiguó, y nos descubrió a todos, que su trampa populista y antipolítica no sólo no penalizaba socialmente, sino que era justamente lo que le hacía ganar. Un precursor de esto de ahora: Trump, Miley, Díaz Ayuso y otros.

Cuando Trump ganó la primera presidencia USA ni él ni casi nadie podía creerlo. El showman millonario acabó elegido ante la estupefacción de todos. Con su segundo triunfo aprendimos que el sistema democrático puede ser desvencijado desde dentro, con los votos entusiastas de una mayoría social, gran parte de la cual será —es, de hecho— la más perjudicada por sus ocurrencias. Todo un descubrimiento.

El otro descubrimiento, elevado a categoría ya desde mucho antes de esto, es que el esclavo, el desposeído, la antítesis dialéctica revolucionaria o siquiera reformista de la historia, no lo encarnaba el espíritu rebelde de Espartaco ni el proletariado como sujeto histórico del cambio revolucionario de Marx; que los pobres del mundo, o sea, llevan con frecuencia y con orgullo el aparejo de la sumisión a su señor, conque éste no tiene más que uncirlos al yugo (los bueyes bajan la frente impotentemente mansa, dice el verso de Miguel Hernández), o encargarles que hagan de perro de muestra, tal que el bueno de Paco en aquellos Santos inocentes de Delibes/Camús. Con pasarles después la mano por el lomo se sienten tan orgullosos como bien pagados. Y patriotas, mucho patriotas.

O si no que lo diga la postal del Rey emérito, inviolable de todos sus abundantes delitos, aplaudido con saña en la plaza de toros de Sevilla; y él saludando a la concurrencia desde lo alto de sus millones distraídos y contando los días en su querida patria-gallina de los huevos de oro para no pasarse ni uno y poder volverse al moro sin cotizar un clavel. Conque eso, entre flores fandanguillos y alegrías y después de una copiosa cosecha de millones, que viva España, coño.

Ya lo dijo el vate: más bueyes que leones.

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