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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

Ni son todos los que están, ni están todos los que son

Cuenta la tradición que este dicho posiblemente nació en una obra teatral de Ramón de Campoamor (1817-1901), Cuerdos y locos, donde uno de los personajes, dice: «Pues como dice el refrán, en esta santa mansión, ni están todos los que son, ni son todos los que están». Otras fuentes, sitúan su origen en los muros del Hospital de Inocentes de Sevilla, aquel lugar donde la sociedad encerraba a quienes no sabía clasificar. La frase, con su estructura quiástica perfecta, encierra una verdad que trasciende siglos: nuestros sistemas de reconocimiento fallan en las dos direcciones posibles. Premian a quien no siempre lo merece y, sobre todo, invisibilizan a quien debería estar al mando del timón.

Hablo de talento. Y hablo de por qué no escala.

La palabra talento proviene del griego tálanton, una unidad de peso y, por extensión, de valor monetario. No es casualidad que su origen sea económico: el talento siempre fue algo que se mide, se pesa, se intercambia. La parábola bíblica de los talentos –Mateo 25:14-30– añadió una dimensión moral que fuera del ámbito religioso puede ser entendida de la siguiente manera: quien entierra su talento es castigado; quien lo multiplica, recompensado. Llevamos dos milenios repitiendo esta narrativa. Y, sin embargo, seguimos enterrando talentos a escala industrial.

¿Por qué?

Aunque la respuesta es compleja, la evidencia apunta en una dirección clara: el problema no está en la escasez de talento, sino en la arquitectura social que debería detectarlo, cultivarlo y desplegarlo. Esa arquitectura está rota. En 2018, los economistas Raj Chetty y sus colegas de Harvard publicaron un estudio demoledor en The Quarterly Journal of Economics titulado Who Becomes an Inventor in America? Sus hallazgos revelaron que los niños del cuartil de renta más alto tienen diez veces más probabilidades de convertirse en inventores que los del cuartil más bajo, incluso cuando sus capacidades matemáticas tempranas son idénticas. A esos talentos perdidos los llamaron lost Einsteins: personas que habrían innovado si el sistema les hubiera dado la oportunidad. No les faltaba capacidad. Les faltaba contexto.

Por otro lado, el filósofo Michael Sandel, en La tiranía del mérito (2020), desmonta con bisturí la ilusión meritocrática. Argumenta que las sociedades que más proclaman el mérito son, paradójicamente, las que más naturalizan la desigualdad: si el éxito es solo cuestión de esfuerzo y talento, entonces el fracaso es culpa del que fracasa. Esta lógica circular convierte la meritocracia en una coartada moral que nos exime de examinar las estructuras. Pero hay algo más profundo. El sociólogo Pierre Bourdieu ya lo advirtió mucho antes: el talento no opera en el vacío. Existe lo que llamó capital cultural, ese conjunto invisible de códigos, lenguajes y disposiciones que se heredan en el entorno familiar y que determinan quién sabe moverse en los espacios donde el talento se reconoce. Un estudiante brillante de la España vaciada y otro igualmente brillante de un barrio acomodado de Madrid no compiten en el mismo tablero, aunque ambos se presenten al mismo examen. Y aquí aparece Aragón. Nuestra comunidad tiene 731 municipios de los cuales más de 500 no alcanzan los 500 habitantes. ¿Cuántos talentos crecen en esos pueblos sin acceso a un conservatorio, a un laboratorio equipado, a un mentor que les abra una puerta? No hablamos de inteligencia –esa se distribuye democráticamente por la genética–, sino de oportunidad, que no se distribuye de forma tan igualitaria.

Karl Popper escribió que el conocimiento avanza no por acumulación, sino por conjetura y refutación. Aplicado al talento, la idea es clara: una sociedad que no permite a sus miembros conjeturar –probar, errar, iterar– no puede esperar progreso genuino. El talento necesita permiso para equivocarse. Y ese permiso tiene un coste que pocas estructuras están dispuestas a asumir. Del mismo modo, la etimología, de nuevo, nos ayuda. Educación viene de educere: sacar de dentro. Pero nuestro sistema educativo, nuestras empresas y nuestras instituciones siguen operando mayoritariamente en modo instrucción: llenar recipientes en lugar de encender fuegos, como diría Plutarco. El talento no escala porque hemos construido embudos donde hacían falta redes. Porque evaluamos lo fácil de medir –notas, títulos, credenciales– y despreciamos lo difícil de cuantificar: la curiosidad, la persistencia o la capacidad de hacer preguntas que nadie ha formulado. Y porque confundimos excelencia con rendimiento y potencial con privilegio.

Ni son todos los que están en los puestos de influencia, ni están todos los que deberían ocuparlos. La frase del manicomio sevillano y de aquella obra teatral sigue siendo un diagnóstico vigente.

¿Preferimos seguir contando los talentos que enterramos, convencidos de que el problema es de quienes nunca tuvieron la pala para desenterrar el suyo? 

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