Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Pedro J. López Correas

Pedro J. López Correas

Historiador y escritor

Zaragoza

Órdenes, cabildos y monasterios

A la hora de hablar de cualquier aspecto de la historia medieval, no podemos olvidar la mentalidad religiosa tan exacerbada que existía en los cerebros de las gentes de entonces

El testamento de Alfonso I el Batallador, un 8 de septiembre de 1134, dejando el territorio aragonés en manos de las órdenes religioso-militares, sumió al reino de Aragón en una grave crisis dinástica y un vacío de poder durante unos años. Estos, solventados con el casi rapto forzoso del hermano del rey, a la postre Ramiro II el Monje, de su retiro conventual en tierra francesa. Sin embargo, lo acontecido dejaba muestras de la gran influencia y pujanza de los monjes guerreros, y por extendido a todo el clero, en esta inestable época reconquistadora.

Valdejalón no fue ajena al protagonismo del clero, sobre todo de las órdenes, en la consolidación del territorio ganado políticamente (armas o pactos). Y así fue. Las recién llegadas órdenes, integradas por unos monjes-soldados afanados en la defensa a ultranza de la fe cristiana ante el infiel islámico, se asentarán en el valle del Jalón y dos de ellas serán las más distinguidas: la del Temple, ya instalada en Ricla al menos en 1156 y también en Calatorao (Torre de Agelio), cuyos miembros responden por templarios y, sobre todo, la de San Juan de Jerusalén u Hospital, los denominados hospitalarios, alargando sus tentáculos patrimoniales por un amplio corredor que se extendía desde las orillas del Ebro hasta Alpartir.

Conocidas eran las heredades hospitalarias en Alagón, Figueruelas, Grisén, Oitura, Bárboles, Plasencia de Jalón, Coulor, Bardallur, Urrea de Jalón, Rueda de Jalón, Épila, Salillas de Jalón, Calatorao, Ricla y las significadas de Alpartir y La Almunia de Cabañas. Los territorios de frontera, y el valle del Jalón lo fue durante buena parte del siglo XII, constituían la planificación expansionista inicial de dichas órdenes; aunque, después, conforme el avance de la Reconquista, se dedicarán igualmente al aprovechamiento económico de todos los recursos de sus señoríos interiores. Y el rey Alfonso II (1165-1196) les dará la relevancia que necesitaban...

A la hora de hablar de cualquier aspecto de la Historia de estos años, no podemos olvidar la mentalidad religiosa tan exacerbada que existía en los cerebros de las gentes de entonces. Por otra parte, no podía ser de otra manera. Se estaba viviendo una cruenta lucha, a veces de forma inconstante, arrastrada ya desde hacía unos siglos y sin visos de terminación entre dos mundos y culturas: el cristianismo y el islam. La vida, ¡más que nunca!, dependía de un soplo de buena o mala suerte. De ahí la entrega masiva de bienes particulares a fundaciones relativamente fuertes y siempre a cambio de amparo y seguridad. Los del Hospital, los templarios, los cabildos, los capítulos eclesiales, los monasterios... iban a estar de suerte. Y desde finales del siglo XII hasta la 1ª mitad del siglo XIII las donaciones en forma de casas, corrales, campos, viñas, ganados, etc. se convirtieron en rutinaria costumbre. Y tal reflejo lo encontramos en Valdejalón.

Así, Morata dependía del monasterio cisterciense de Casbas en 1178 y de otro en 1210, el de Santa Cristina; la mitad de Mareca, porción territorial del señorío epilense, era administrada por el cabildo de Zaragoza en 1162; y ¡cuántas heredades no habría recibido el capítulo de clérigos de Santa María de Épila! Pero, quizá, la situación más significativa por su arraigo temporal la encontramos en Calatorao, pues una vez recibidos 6.000 morabetinos de doña Urraca de Buñol y de su hija Berengaria por la villa y castillo, Pedro II los donó al cabildo de Santa María la Mayor de Zaragoza (el Pilar) un 5 de septiembre de 1213.

Asimismo, no puede pasar desapercibido el trascendente acontecimiento de las roturaciones de nuevas tierras circunscritas al Jalón. Estas tuvieron lugar con más frenesí a partir de la 2ª mitad del siglo XIII y en algunas nos aparece, como no podía ser menos, la mano rectora de los frailes hospitalarios. ¿Por qué resaltado? Muy sencillo: a más suelos para laborar más campesinos libres. Además, muchos de ellos se plantaron de viñas, las cuales eran fáciles de trabajar sin necesidad de animales de labranza y de sus grandes arados. La uva significó, ¡estamos seguros!, alegría y una gran dosis de libertad para los hombres con menos recursos del siglo XIII. Otra circunstancia, igualmente relacionada con la apertura de nuevos terruños, guarda conexión con el lógico aumento de la productividad absoluta de las cosechas. Al suceder tal coyuntura, en los campesinos germinó un sentido del corporativismo inexistente hasta entonces. Los diversos e incipientes concejos se insuflaron de un desconocido vigor hasta entonces, confirmándose en la Baja Edad Media.

Por último, hacer mención de dos huellas del románico en el Valdejalón alto medieval, hecho casi sorprendente por su lejanía con el importante foco pirenaico, y por lo que, si cabe, refuerza aún más su trascendencia. Nos referimos a dos ermitas, la de Santa María Magdalena en Épila y la de Cabañas en La Almunia de Doña Godina, ambas del siglo XII y a base de mampostería y materiales pobres.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents