Opinión
El calor que derrite
La primavera se anuncia en casi todos los rincones de la ciudad. Hace calor, un calor que se estrella contra el asfalto en estos primeros días que nos pillan con abrigo en ocasiones, con camiseta y tirantes en otras y con los pies abrigados porque no es tiempo para sandalias y porque siempre hemos escuchado eso de «hasta el cuarenta de mayo no te quites el sallo». Y todavía estamos lejos de acariciar mayo, así que entendemos quedan días de frío, de cierzo, de agua y eso es algo que celebramos, igual que las calas celebran su nacimiento y los cerezos abrazan su flor que será tan hermosa como efímera.
Hace unos días escuchaba a una meteoróloga decir: «Que siga el invierno, que siga un poco más. Temo las olas de calor; realmente las temo». Sus palabras se acompañaban con un gesto que lo decía todo y que conmovía porque yo también temo las olas de calor, pensé, y si las temo no es tanto por mí sino por las campos y las ciudades y todo ese revuelo de horas secas que propician y propagan el fuego, ese que desde hace unos cuantos veranos destroza paisajes, engulle viviendas y frena a la naturaleza haciendo añicos la vida y sus veredas. Tenemos tantos frentes abiertos que no somos capaces de saber qué es lo que más nos inquieta, si la guerra, si la tregua, si el hambre, si la subida de precios, si la incertidumbre o el combinado de todas esas cosas que nos hacen cada día más vulnerables. Y ya nadie habla del cambio climático, porque estamos en esos días de tregua que nos deja el invierno, repleto de borrascas, antes de que el verano nos azote con ese calor opresivo que marca cada año un nuevo récord con días y más días derritiendo los termómetros y haciendo que el hombre se supere a sí mismo en luchas titánicas contra los incendios.
Ojalá no hubiéramos llegado hasta aquí y hubiéramos cuidado más las cosas que amamos que no son tantas y sí muy necesarias. Y de la misma forma que no comprendo que los hombres que se están repartiendo el mundo parezcan críos maleducados y profundamente egoístas, además de ser negacionistas del cambio climático hasta que este nos engulla, lo que realmente me produce un estallido de rabia es que ellos siempre tienen una nave para escapar hacia Orión y lo más irónico es que somos nosotros los que se la propiciamos. Fieles y respetuosos mortales.
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