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Opinión | EDITORIAL

El fenómeno Rosalía

En la gira de promoción de su primer álbum -Los Ángeles- Rosalía grabó, en febrero de 2017, en los estudios de EL PERIÓDICO, una canción de aires flamencos que se titulaba Día 14 de abril, con Raül Refree a la guitarra. Se presentaba así: «Hola, yo me llamo Rosalía». Nadie podía imaginar que, apenas una década después, aquella cantante de aspecto tímido de Sant Esteve Sesrovires, se convertiría en un auténtico fenómeno planetario, con 200 nominaciones y 80 premios de resonancia internacional (Grammy, Billboard, MTV…), con más de 42 millones de reproducciones en Spotify de su último álbum, Lux, y con una gira de este disco por Europa y América que congregará a más de un millón de personas en 42 conciertos.

El Lux Tour llega esta semana a España en medio de una expectación sin precedentes. Hablamos de «fenómeno» y ciertamente pocos sustantivos son más adecuados para entender este hecho extraordinario, la elevación de una cantante española a la cima del panorama musical mundial, con una trayectoria impecable que bebe de la particular interpretación del flamenco en su etapa inicial y que se ha desarrollado a partir de la apropiación artística de múltiples referencias, con una substanciación personal que ha derivado en un estilo propio, magnético y magmático.

Hay que pensar en la Rosalía que se educó en Barcelona, que se fogueó en locales del Raval y que actuó en el mítico Heliogàbal, con treinta personas de público y a 8 euros la entrada. Esa Rosalía que, con un primer álbum crudo y emocional, rompía tópicos y se atrevía a contestar la ortodoxia del cante, en un escenario con solo dos sillas. Más tarde, vinieron los indicios de consagración, a partir de su primer concierto en el Palau de la Música y de la presentación en el Sónar de 2018 con Malamente, el single de su segundo álbum, El Mal Querer, inspirado en un relato occitano de amor cortés del siglo XIII. Con la aparición de Motomami, en 2022, llegó la eclosión del espectáculo visual, con la confirmación de una estética contemporánea, basada en referentes urbanos y en los mensajes trasmitidos a partir de las aplicaciones más usuales entre los jóvenes.

El eclecticismo de Rosalía ha llegado en Lux a unos extremos de excelencia y atrevimiento inigualables, a partir de una combinación de simbología espiritual, contenido de raíz mística y materialidad terrenal, y ha significado, en opinión de los expertos, un cambio de paradigma, con una puesta en escena deslumbrante que va más allá del concierto y que se convierte en la «construcción de una catedral sonora», con la voluntad de formalizar un discurso coherente, unitario y envolvente. Desde la famosa interpretación operística de Berghain, que triunfó en los Brit Awards, con aires de hard-tecno, hasta los lamentos de raíz flamenca, las baladas, el fado o hits como La Perla, Rosalía apuesta por un álbum y un montaje conceptuales, la unificación estética de un relato.

Desde la ausencia de músicos en vivo en Motomami a la prohibición de los periodistas gráficos en sus conciertos, la polémica también está presente en su trayectoria. No debería empañar el acontecimiento musical de primer orden que España se apresta a vivir esta semana.

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