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Opinión | CON SENTIDO/SIN SENTIDO

‘Longue durée’

Vivimos tiempos acelerados. Todo se consume rápidamente, los acontecimientos históricos también. Cobra por ello sentido el concepto de longue durée, que el gran historiador Fernand Braudel impulsó desde la Escuela de los anales en 1949. Si observamos la actualidad desde esta perspectiva de «larga duración» descubriremos que quizá en un puñado de años las cosas no serán como ahora aparecen. Posiblemente los matones gritones de hogaño quedarán ridiculizados en un futuro más bien cercano, posiblemente el belicismo de Netanyahu hará pagar un altísimo precio a un Israel rodeado de enemigos, cada vez con mayor deseo de venganza, y desprestigiado como estado democrático en todo el mundo.

«Pan para hoy y hambre para mañana», reza el refrán castellano, y podría ser una traducción popular de la citada propuesta braudeliana. La larga duración normalmente otorga la razón a la sensatez que ahora parece haber desaparecido de casi todos los frentes de actualidad. Donald Trump es la expresión máxima de la estúpida inmediatez contemporánea, de la cortedad de miras, de la miopía moral. El tiempo lo pondrá en su sitio y quizá la mirada de amplia frecuencia lo reconozca como estruendoso colofón del declive del imperio estadounidense. Esta partida a largo plazo la está ganando China, guiada por un confucionismo que viene haciendo gala desde hace 2.500 años precisamente de esa generosa, paciente gestión del tiempo: «No importa lo lento que vayas mientras no te detengas». Anclados en un autoritarismo que les garantiza un prolongado gobierno, además de China, Rusia o Irán -lo ha demostrado en la guerra- operan con esas estrategias de largo plazo para conseguir tangibles resultados frente al galimatías y la efímera gobernanza de los países democráticos occidentales. Cohonestar la bendita fragilidad transitoria de la democracia con un una perspectiva de larga duración en las cuestiones de Estado es el gran reto de nuestro tiempo.

Pero eso parece una utopía en una época en la que todo se apuesta a lo inmediato. Sin ir más lejos, en nuestro país no importa solucionar el acuciante problema de la vivienda, los retos medioambientales, reformar el inoperante sistema judicial o una política exterior coherente y consensuada; en lo que están los partidos, sobre todo de la derecha, es en el ruido, la furia y la oposición visceral a todo. Se han abandonado a una perspectiva miope que nos está pasando y nos pasará factura a todos los ciudadanos. Otro gallo cantaría si hiciéramos caso a Tolstoi: «El más fuerte de todos los guerreros son el tiempo y la paciencia».

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