Opinión | APUNTES AL MARGEN
Musulmán el que no bote
La polémica al respecto de los cánticos en el estadio me ha llamado la atención por el cúmulo de estupideces vinculadas a ella. La primera estupidez es la de cantar «musulmán el que no bote», buscando ofender al equipo contrario, que era originario de Egipto y olvidando que el mejor jugador de la selección española también es musulmán. Tampoco esperaba mucho más de los que cantaron aquello. La segunda estupidez viene de los que califican el cántico como racista. Musulmán es el calificativo de los que profesan el Islam, por lo tanto, es una distinción religiosa, no racial. El cántico en todo caso debería ser calificado de religiosista. A más a más, que dirían nuestros vecinos del este, la mayoría de los musulmanes no son de raza árabe sino india y del sudeste asiático. No obstante, alguien ha dicho que musulmán es un insulto racista y en general todo el mundo diciendo sí, sí, sí. La tercera estupidez es que los Mossos d’Esquadra han abierto una rigurosa investigación para determinar quién fue el primer espectador que comenzó con el cántico en cuestión. Se me ocurren otras tareas socialmente más útiles para los Mossos d’Esquadra que también implican rebuscar durante horas en pantallas.
Por ejemplo, pueden revisar las redes sociales de los turistas israelíes que aterrizan en el Prat y proceder a la detención de los que hayan cometido crímenes de guerra en Gaza o Líbano. Más allá de la excesiva importancia que se le ha dado a este suceso, creo que es importante agradecer que vivimos en una sociedad libre. Me gusta vivir en un país en el que una mujer puede ponerse libremente un hijab para manifestar su fe en Alá (cosa bien distinta es que la obliguen). También me alegro de que quien quiera pueda ponerse un capirote para desfilar en Semana Santa. Incluso me parece bien que alguien pueda decir que los que creemos en la teoría de la evolución de Darwin arderemos en el infierno. En eso consiste la sociedad abierta y la libertad de expresión. Pero del mismo modo que existe la libertad para mostrar una determinada fe, también debe existir la libertad para mostrar que no se tiene esa fe.
Por lo tanto, si alguien quiere saltar al grito de «Hare Krishna el que no bote», está en su derecho. Y yo tengo derecho a decirle al que critica a Darwin que con la cantidad de dioses únicos que hay, estadísticamente, el suyo es falso. Hay que aceptar que la libertad de palabra implica que el otro te pueda ofender. Esa es la grandeza de la sociedad abierta.
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