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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Plinio ‘el Viejo’

De nombre real Caius Plinios Secundus, Plinio el Viejo ha pasado a la posteridad por su monumental Historia natural, que la editorial Gredos reedita ahora con un iluminador prólogo de Ana María Moure.

Este formidable escritor clásico, uno de los padres de la historia, había sido nombrado almirante de la flota romana de Mesina cuando en el año 79 d.C. le sorprendió la erupción del Vesubio, perdiendo la vida al intentar salvar a los habitantes de la costa al tiempo que observaba con científica atención el fenómeno volcánico, tal como a lo largo de su provechosa existencia había hecho con otras manifestaciones de los poderes naturales y obras humanas. La mayoría de sus escritos, por desgracia, no han sobrevivido. Se calcula en decenas los tratados suyos que han podido perderse, desde estudios gramaticales a campañas bélicas de su tiempo o biografías de personajes célebres con quienes convivió.

Suele confundirse su figura con la de Plinio el Joven (Caius Plinius Caecilius Secundus). Nacido en el 61 d. C., el Joven era sobrino del anterior, quien lo adoptaría como a un hijo. Asimismo brillante narrador, destacó en el género epistolar y en la poesía, legándonos un brillante Panegírico de Trajano (100 d. C), y ocupando políticamente puestos de relevancia, como el legado imperial en Bitinia.

La Historia Natural de Plinio el Viejo recuperada por Gredos asombra por su monumentalidad y compilación enciclopédica, pues intentaba reunir cuanto se sabía en aquel momento sobre los territorios que componían el imperio romano y sus periferias. Plinio fue recorriendo las orillas del Mediterráneo, la Europa central, Galia, Hispania, Judea, con el rigor de un geógrafo y la visión de un historiador. Describió, recopiló leyendas, hechos, puso en relación unas tribus con otras, unas cuencas hidrográficas con otras, unos mares con otros, y a estos con las fases de la luna o la composición de las tierras. Zoología, astronomía, física, matemática, anatomía... No hubo prácticamente rama del saber que no indagara o enriqueciera el talento descomunal de Plinio el Viejo. Cuya inteligencia y capacidad de trabajo –escribía o dictaba muchas horas por jornada– asombró a sus coetáneos tanto como nos sigue asombrando hoy en día.

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