Opinión | EN EL PUNTO DE MIRA
Trumpismo
Me cuesta entender la política española, y eso que escribo a menudo sobre ella desde hace algún tiempo. De modo que cuando me pongo a hablar de lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, me siento como elefante en una cacharrería. Pero como dicen, la ignorancia es audaz, y en estos días tras la Semana Santa no se me ocurre mejor cosa que escribir sobre la impresión que me están produciendo algunas de las últimas intervenciones del presidente Donald Trump.
Porque yo también soy uno de esos dos tercios de españoles que siguen habitualmente y casi de modo compulsivo la actualidad internacional. Cuando ves las encuestas y lees que Trump es la mayor amenaza para la paz mundial para el 81% de los españoles, seguido por el 79% de Putin y el 71% de Netanyahu, a mucha distancia del 49% que le damos al presidente chino Xi Jimping, piensas que estamos locos y el orden mundial ha dado un giro tan grande que no sabe dónde va. El líder del «mundo libre» es percibido casi doblemente amenazante que el presidente de un país comunista con más de 1.300 millones de habitantes. Que China aporte más seguridad y garantía internacional que el actual EEUU es gravísimo para la UE.
Claro que no hablamos de un presidente normal de la primera potencia económica y militar, sino de uno que, en plena guerra contra Irán, y buscando un acuerdo que le saque del atolladero, lanza bravuconadas como «abrid el maldito estrecho, locos cabrones». O «viviréis en el infierno. ¡Ya veréis! Alabado sea Alá». O «estoy dispuesto a volarlo todo y tomar el petróleo». Por no mencionar la más salvaje: «Esta noche morirá toda una civilización, para no volver jamás», una declaración clara de perpetrar crímenes de guerra.
Todo dentro de una guerra que ya se ha llevado por delante más de 4.000 víctimas, de las cuales 1.607 son civiles y más de 350 son niños. Eso sin contar que el precio de los carburantes se ha disparado tanto en el caso del gas con aumentos de un 70% y el barril del petróleo un 60% desde que empezó la invasión. Todo ello se traduce en el empobrecimiento de millones de personas en todo el planeta, asolado por las dificultades de vivir con la movilidad restringida debido al encarecimiento del transporte y sus efectos en numerosas actividades. La economía mundial se debilita y tras más de seis semanas de guerra nadie sabe qué busca y dónde quiere llegar EEUU con esta invasión. Para la gran mayoría de la población, nos dirigimos hacia un mundo más oscuro e impredecible, con consecuencias económicas negativas de diversa índole.
Lo curioso en todo esto es que solo un 36,5% de los votantes de Vox ven a Trump como un personaje amenazante. Hasta ahora habíamos visto a sus dirigentes hacerle la pelota a los líderes e inspiradores teóricos del trumpismo en Europa y en todo el mundo como la mejor forma de demostrar su «patriotismo» y el carácter retrógrado de su proyecto, pero cuando el efecto de sus actuaciones repercute en su electorado, ¿qué les van a explicar, que la subida de los carburantes, los abonos o la alimentación es por culpa de Pedro Sánchez?
Pero a pesar de que su narcisismo y volatilidad le hace el eje de los problemas del mundo, a pesar de su desprecio a las instituciones democráticas y las leyes internacionales, Trump es la punta del iceberg. Sin el apoyo de las grandes corporaciones sería un peso muerto. Sus bravuconadas buscan amedrentar a la humanidad, hacer que se rearme hasta el país más pequeño e intranscendente. Sin derecho internacional, sin normas, no hay protección ni seguridad de los países, tanto si son débiles como si son fuertes. La estrategia del rearme permite al sector enormes beneficios; las cifras de facturación son tan astronómicas como la petición de 1,3 billones de euros para gastos de defensa que ha hecho la secretaria del ramo al nuevo presupuesto de EEUU: un 40% de incremento sobre el año anterior, en detrimento de los programas sociales, de sanidad, educación, lucha contra el cambio climático o programas asistenciales.
El trumpismo es ya una filosofía del poder: un movimiento que puede convertirse, aunque sea por poco tiempo, en un régimen autocrático. Si esto ocurre, las repercusiones mundiales serían enormes. Porque, entre otros desastres, se constataría que la democracia es el único sistema político que puede suicidarse legalmente manipulando las elecciones.
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