Opinión
Dominio y salud mental
Este pasado fin de semana se representaba en el Teatro Principal de Zaragoza El efecto, una obra de Lucy Prebble dirigida por Juan Carlos Fisher e interpretada por Fran Perea, Alicia Borrachero, Elena Rivera e Itzan Escamilla. Su tema de fondo aborda el papel de la investigación médica en la salud humana, sus avances, beneficios, fracasos y efectos colaterales (pues no a otros hace referencia el título). A ese riesgo que, durante las primeras y experimentales pruebas en humanos de un nuevo medicamento, puede presentarse y evidenciar que algo en la salud de los «cobayas» no va como en un principio se pretendía.
La trama establece un claro paralelismo entre los dos psiquiatras (hombre y mujer) y los dos «voluntarios» (mujer y hombre) que administrarán y recibirán, respectivamente, un agresivo fármaco diseñado para acabar con la depresión y otras patologías inhibidoras de la personalidad o de la voluntad.
Los médicos, lógicamente, expondrán y debatirán acerca de los principios químicos y de los iniciales «efectos» del medicamento, mientras que los pacientes, a medida que vayan consumiendo con diaria periodicidad dosis más elevadas, irán viendo modificados sus comportamientos y trastocada su interrelación, que irá intensificándose entre la atracción, la pasión, el rechazo, el odio y de nuevo el enamoramiento, la discusión... en un círculo vicioso a cada vuelta de tuerca más agobiante.
Tras todas estas sugerencias y sugestiones se abre un campo más amplio y polémico aún: el de la capacidad de dominar al ser humano mediante sustancias o drogas. Una cuestión vieja como la humanidad misma pero que ahora puede resurgir disfrazada de supuestas investigaciones científicas destinadas a combatir enfermedades hasta hoy invencibles.
De ser así, de existir un propósito secreto para dominar al ser humano con sustancias químicas nos enfrentaríamos a un horizonte tan siniestro como el descrito por Aldous Huxley en Un mundo feliz, aquella civilización futura en que los seres se dividían por categorías desde el momento mismo de su nacimiento, permaneciendo toda su vida circunscritos a un rol determinado, inviolable, a una función mecánica en una sociedad robotizada, sin alma ni capacidad de rebelión. Finalmente, la ciencia habría conseguido doblegar al instinto.
Inquietante...
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