Opinión
Hungría y su ochenta por cien
Budapest era una fiesta al decir adiós a un señor que ha castigado a su país con sus políticas antieuropeístas, ultraconservadoras, racistas y xenófobas
Casi todas las noticias de ayer lunes se escribían así: «Hungría ha cerrado este domingo la era de Viktor Orbán. Su rival, el conservador Péter Magyar, ha arrasado en las elecciones, obteniendo 138 escaños frente a los 54 de Fidesz, lo que le permite gobernar con mayoría y acabar con las políticas que Orbán ha ido imponiendo a lo largo de 16 años». Budapest el domingo era una fiesta y así lo trasladaban las imágenes que nos llegaban desde la capital húngara, que por fin decía adiós a un señor que ha castigado a su país con sus políticas antieuropeístas, ultraconservadoras, nacionalistas, racistas y xenófobas y ante eso Hungría ha abierto los ojos y ha dicho adiós a Orbán que ha tenido una derrota dolorosa, según sus propias palabras, al comprobar que el 70% de los jóvenes menores de 30 años han votado a Magyar y el voto hacia este se ha consolidado en las grandes ciudades y en los entornos urbanos.
Qué caprichosa es la historia y así tenemos que admitirlo y entenderlo, porque hace 16 años los que entonces en Hungría eran jóvenes menores de 30 años fueron los que auparon a este ultraderechista al poder y hoy los jóvenes que hace dieciséis años eran niños o fervientes adolescentes son los que han decantado la balanza por un líder que entiende a Hungría como un engranaje más de la Unión Europea, señalando que desea un país libre, europeo y humano en el que es preciso restablecer los contrapoderes y garantizar el funcionamiento democrático.
Lo que hemos visto en Hungría y lo que vemos y hemos visto en otros países europeos es que el voto de los más jóvenes puede llegar a ser determinante y decisivo, y además es un voto que para los candidatos tiene un valor esencial, ya que está poco contaminado y se mueve por impulsos y puede conseguir que en unas elecciones se roce el 80 por ciento de participación, algo que es muy inusual y que a la vez es profundamente esperanzador, porque quiere decir que si un candidato o candidata despierta en ese sector de población la idea de que votar es necesario para ser más justos, más humanos, más libres, más iguales todo puede pasar y quizá ninguna batalla esté perdida y muchas estén por ganarse o como mínimo por pelearse.
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