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Zapatero imputado por el caso Plus Ultra

Opinión

Sorianos

Duele el abandono de las comunicaciones con Soria, ciudad desde la que llegaron miles de personas en los años 50 y 60

Se dice que a finales de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo, llegaron a vivir en Zaragoza 40.000 sorianos. En esos años la provincia de Soria tenía menos de 170.000 habitantes, lo que quiere decir que una cuarta parte de su población emigró a Zaragoza, una ciudad que, en aquellos años, tenía menos de 300.000 habitantes, por lo que uno de cada 8 era de origen soriano.

Siendo una emigración tan masiva y en tan corto periodo de tiempo, destaca la forma tan natural como esas decenas de miles de personas se integraron en la vida de Zaragoza. Desde el primer momento los emigrantes sorianos se sintieron ciudadanos de Zaragoza y Zaragoza se benefició de estos nuevos habitantes.

Porque su aportación al desarrollo económico, cultural y social de nuestra ciudad ha sido muy relevante, desde aquellos lejanos años de su llegada masiva.

Encontramos protagonismo soriano en el origen de empresas tan importantes en nuestra ciudad, como Moisés Calvo, fundador de Ágreda Automóvil y presidente del Banco Zaragozano, o Esteban Bayona y su esposa, Felisa Uriel, cofundadores de Balay. Ángel Dolado, Justicia de Aragón; y anteriormente Juez Decano de Zaragoza, o María José Hernández, primera magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Aragón. Vicente Jiménez, que fue arzobispo de Zaragoza. Y así multitud de nombres en el ámbito universitario, en la cultura, en lo social, en los medios de comunicación... Todo el mundo sabe cuánto cundimos los sorianos y sorianas en Zaragoza.

Esta integración tan intensa y natural sigue dejando huella en nuestra ciudad que, de alguna manera, tiene una parte de su alma soriana. Tan soriana que Zaragoza es una de las nueve zonas que compiten por el mejor torrezno del mundo, trofeo que han alcanzado en alguna ocasión.

Aunque nada tan entrañable para expresar esta integración entre Soria y Zaragoza como aquellos añorados enfrentamientos del Zaragoza y el Numancia en las cuatro temporadas en las que coincidieron en Primera División, cuando la grada visitante dejaba de tener sentido, y lo normal era ver aficiones plenamente integradas, incluso familias con aficionados de uno y otro equipo o parejas uno de cuyos miembros portaba camiseta y bufanda numantina y el otro o la otra, la del Zaragoza.

La emigración soriana a Zaragoza se frenó en los años 80. Pero, a falta de datos fiables, podemos suponer que actualmente no seremos menos de 150.000 las personas de origen soriano o descendientes de primera o segunda generación que vivimos en Zaragoza, y que seguimos manteniendo intensos sentimientos y vínculos con Soria.

Por eso duele el abandono que sufren las comunicaciones entre ambas ciudades. Mientras se reivindican las comunicaciones por ferrocarril o autovías con todos los territorios y ciudades de nuestro entorno, ni lo uno ni lo otro están en las prioridades y ni siquiera en la agenda de nuestros gobernantes en el caso de Soria. El ferrocarril hace tiempo que dejo de existir, y esa vía, en tiempos tan recorrida en ambos sentidos por sorianos y aragoneses, que iba de Calatayud a Burgos pasando por Soria, hoy sólo es un recuerdo en forma de vía verde en alguno de sus tramos.

Soria es la única ciudad limítrofe de Zaragoza a la que no se puede llegar por autovía o autopista. Ni en los planes del Gobierno de España ni en los del Gobierno de Aragón se anuncia que a medio o largo plazo se lleve a cabo esta conexión, desde Calatayud o por Borja y Tarazona. Contrasta ver con qué ímpetu reclaman sus autovías alcaldes, empresarios y habitantes en todo el territorio aragonés, de norte a sur, y de este a oeste, frente a la falta de interés e iniciativa de las localidades por las que debería discurrir esta tradicional vía de comunicación entre Aragón y la Meseta, por la que tantos miles de sorianos llegaron a Zaragoza y por la que nos seguimos desplazando a nuestras localidades de origen.

Si el desarrollo económico y social de un territorio hoy va inevitablemente acompañado de unas buenas comunicaciones, es manifiesto que el Moncayo, ese monte mitad soriano mitad zaragozano, no solo es un dios que ya no ampara, como se lamentaba Labordeta, sino que es un monte o un dios olvidado, cuyo entorno cuenta muy poco entre las prioridades para el desarrollo de nuestra Comunidad.

Como emigrante soriano, sigo soñando con ir algún día a la nueva Romareda con mis nietos, yo con mi camiseta y bufanda del Numancia, ellos posiblemente con las del Zaragoza, a ver un partido de Primera División entre ambos equipos. También sueño con poder viajar desde Zaragoza a mi pueblo soriano por autovía; pero eso lo veo mucho más lejano...

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