Opinión
Aragón no está lejos, está mal conectado
En pleno 2026, la persistencia de una conexión ferroviaria deficiente entre Zaragoza y Huesca constituye una anomalía estratégica en términos de servicio de proximidad funcional. La infraestructura existe y los trenes circulan, pero el servicio actual se configura como un «tren de escaparate», diseñado para el largo recorrido, que desatiende las necesidades cotidianas de los aragoneses y contribuye a empobrecer Aragón, comprometiendo su desarrollo y su futuro.
Esta coyuntura pone de manifiesto una limitada visión estratégica, relegando una demanda ampliamente compartida por la sociedad aragonesa en la agenda ministerial, manteniendo un servicio de movilidad básica que resulta poco eficiente y afecta negativamente a la cohesión territorial. Se trata de una prioridad estratégica que Aragón, conforme a su peso político legítimo, debe seguir promoviendo de manera decidida hasta conseguirlo.
El argumento recurrente del Ministerio de Transportes se centra en la supuesta falta de rentabilidad económica. Lo que plantea si este criterio se aplica de forma homogénea en todo el territorio o si, en determinados casos, hay regiones que simplemente carecen de prioridad. Además, el análisis que se ofrece carece de una perspectiva integral, ya que la demanda no es un factor estático, sino una consecuencia directa de la calidad del servicio.
Un tren con frecuencias limitadas, horarios incompatibles con la jornada laboral o académica y tarifas poco competitivas empuja inevitablemente al uso del vehículo privado. Actualmente, el trayecto ferroviario ronda la hora, pudiendo reducirse a menos de 50 minutos, un tiempo competitivo que pierde valor sin frecuencias adecuadas. La recurrencia de averías y retrasos, como el reciente incidente que afectó a unos 600 viajeros, evidencia su fragilidad. Ante esto, el coche se mantiene como la opción más usada, con el consiguiente coste económico y ambiental, generando más de 10 kg de CO2 por trayecto. La acumulación de estos desplazamientos evitables supone un impacto social y ambiental importante.
Se perpetúa así un círculo vicioso difícil de sostener: no se invierte porque no hay usuarios, y no hay usuarios porque el servicio es ineficiente.
La pregunta relevante no es cuántos viajeros hay hoy, sino cuántos habría si el sistema funcionara. Hay infraestructuras cuya rentabilidad no se mide únicamente en términos económicos inmediatos, sino en su capacidad para generar actividad, fijar población y ampliar oportunidades; es decir, riqueza indirecta.
Lo preocupante no es el dato en sí, sino la lectura que se hace de él. Porque cuando se analiza un sistema que no funciona como si fuera un reflejo fiel de la realidad, se corre el riesgo de convertir sus propias carencias en argumento. Y es difícil no preguntarse cómo puede sostenerse un razonamiento tan simplista para decisiones que afectan a la vida cotidiana de miles de personas.
La transformación del actual modelo en un sistema de proximidad real configuraría Aragón como un eje de competitividad de alto nivel. Permitirá consolidar un ecosistema de conocimiento entre la Universidad de Zaragoza, la Politécnica de Huesca y el Parque Tecnológico Walqa, mejorar el acceso a hospitales de referencia y ampliar el mercado laboral sin obligar al desarraigo.
Pero hay algo más: un territorio bien conectado no solo crece económicamente, también gana en equilibrio social. Permite elegir dónde vivir sin renunciar a trabajar, estudiar o acceder a servicios. Y esa capacidad de elección es, en sí misma, una forma de libertad que hoy, en muchos casos, no existe.
Sin embargo, incidir que el sistema se rompe más allá de Huesca. Comarcas como la Ribagorza, con núcleos como Graus, sufren una desconexión agravada por la falta de intermodalidad. De poco sirve mejorar el tren si no existe una red de autobuses coordinada que complete el trayecto.
La intermodalidad no es un complemento, sino la base. Coordinar trenes y autobuses, integrar horarios y facilitar los enlaces es lo que convierte trayectos aislados en una red real. Sin esa visión conjunta, cualquier mejora parcial queda inevitablemente limitada y el territorio sigue fragmentado. Unido a la pérdida de ganancias y tiempo.
Un territorio no se vertebra con discursos sobre la «España Vaciada» o la «Sostenibilidad», sino con conexiones reales y servicios eficientes. En 2026, la inacción en esta materia no es neutra: tiene consecuencias directas en la capacidad de Aragón para crecer.
La reivindicación del tren de proximidad funcional y una intermodalidad efectiva no es una opción, sino una obligación. Las conexiones son el motor de oportunidades, arraigo y futuro. Esta prioridad política debe traducirse en hechos y en un servicio que, a estas alturas, ya tendría que estar más garantizado.
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