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Opinión

La Tierra desde la Luna

En estos días pasados, he estado muy pendiente de la misión Artemis II. No me despegué de la televisión en momentos cruciales: cuando la nave Orión despegó, cuando se aproximó a la luna y en el momento de su amerizaje. No me conformaba con las imágenes que emitían las televisiones, también buscaba por internet, incluso he visto algunos vídeos que los astronautas han difundido. Mi fascinación por esta aventura del hombre hacia el espacio, me produce emociones indescriptibles. Uno de los vídeos que vi, me tocó la fibra sensible: el astronauta Víctor Glover compartió una reflexión sobre la grandeza de la creación vista desde el espacio. También en el año 1969 -yo tenía 13 años- en un programa de la Televisión Escolar de aquel tiempo, los astronautas del Apolo 11, expresaron su fascinación. En ambas misiones, la luna es vista como un lugar lleno de cráteres, pero no se percibe esa atracción de luminosidad celeste como la que emite la tierra. Por eso, lo que verdaderamente impresiona es contemplar la tierra desde la luna. Como han expresado los astronautas y hemos visto en las fotografías, la Tierra es un planeta azul, maravilloso. Ante este panorama pueden surgir pensamientos, emociones, miradas que nos interrogan.

Mi imaginación vuela. Por eso, se me ocurrió pensar que, en el futuro, si el hombre llega a establecer algún sistema de vida en la Luna, en Marte o en algún otro planeta, y ahí hubiese algún nacimiento de humanos, y estos conocieran la tierra solo desde esos lugares del espacio, estoy seguro de que solo con ver este punto azul suspendido en el silencio del cosmos, les atraería la idea de venir a la Tierra. Creo que vivimos en el mejor lugar que nunca jamás nadie puede vivir. Parece como si este hogar luminoso y alegre que es la Tierra vista desde el espacio, fuera en realidad ese paraíso donde la vida es un gozo. No es lo mismo contemplar la tierra desde lejos que hacerlo desde dentro. En este punto azul donde vivimos experimentamos la fragilidad de la vida, pero también la felicidad de un mundo habitado por una complejidad de seres, entre los cuales nos encontramos esta especie del Homo Sapiens, que evoluciona hacia un horizonte desconocido, a pesar de los esfuerzos por conducirnos en los senderos de la humanización.

La cotidianidad de nuestra vida nos enfoca con demasiada persistencia en el fragor de aquellos conflictos humanos en los que solo generamos sucesos repetitivos y obsesivos, que nos rayan el psiquismo y nos aniquilan: guerras entre países, guerras entre compañeros de trabajo, guerras entre hermanos. Creo que merece la pena mirar la tierra desde el espacio, para valorar la riqueza de este mundo en el que vivimos, para cambiar y mejorar nuestros malos hábitos, para reconocer que nuestro mundo debe ser cuidado. Creo que nuestro futuro común como especie, necesita centrar su mirada en dos realidades que nos impelen. La primera debe estar orientada al cuidado del bienestar y bien ser del hombre en el proceso de hacerse persona, con el fin de que no se pierda su dignidad; la segunda mirada debería centrarse en el cuidado de nuestro planeta, que está siendo agredido y dañado por tanta indolencia humana. El hombre y la Tierra -así se llamaba un programa televisivo de Félix Rodríguez de la Fuente- son el binomio esencial para que nuestro futuro común no se vea amenazado. Vivimos la paradoja de atentar contra nuestro planeta que sufre las consecuencias de la lluvia ácida, el calentamiento del globo, la disminución de la capa de ozono en la atmósfera, la desertización, la extinción de especies, las guerras y conflictos humanos... y junto a ello, aspiramos a colonizar el espacio cósmico más próximo. No estoy en contra de la aventura espacial, pero tomemos conciencia de la realidad de nuestro planeta para mantenerlo siempre vivo.

Miremos con frecuencia esas fotos que nos permiten ver la Tierra desde la Luna; oigamos los discursos de los astronautas. Seguro que nos emocionamos. Y como algunos de ellos han declarado, la fe en Dios se fortalece al contemplar la maravillosa tierra, y nuestros deseos de cuidar de nuestro planeta para mantenerlo vivo se hacen más grandes. Y el grito unánime de cada uno de nuestros corazones se oirá en el cosmos silencioso, y la paz y la humanización serán nuestro lema en este camino de esperanza.

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