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Opinión

Juan Martínez de Salinas

Juan Martínez de Salinas

Especialista en gestión de talento

El tiempo no avisa

En Aragón somos trabajadores. Persistentes. Responsables. Nos gusta cumplir y, si hace falta, quedarnos un rato más. Hasta ahí, nada que objetar. El problema empieza cuando ese «rato más» se convierte en norma, cuando la agenda profesional ocupa cada hueco del calendario y cuando la vida personal pasa a la carpeta de «pendientes para cuando tenga tiempo». Spoiler: ese tiempo casi nunca llega.

Hemos convertido el estar ocupados en un símbolo de prestigio. Si no estás saturado, parece que no eres importante. Sin embargo, según datos del Instituto Nacional de Estadística, España sigue registrando millones de horas extraordinarias cada año, muchas de ellas no remuneradas. Además, distintos estudios sobre bienestar laboral señalan que más del 40% de los trabajadores reconoce dificultades para desconectar fuera del horario laboral. No hablamos de vocación infinita; hablamos de fatiga acumulada.

Y mientras tanto, repetimos el mantra: «cuando me jubile viajaré», «cuando tenga estabilidad disfrutaré», «cuando baje el ritmo me apuntaré a ese curso», «cuando los niños sean mayores ya habrá tiempo». La jubilación se ha convertido en el almacén de todos los sueños aplazados. El problema es que no todos llegamos a esa etapa con la salud, la energía o las circunstancias que imaginábamos veinte años antes. La esperanza de vida aumenta, sí, pero también lo hacen las dolencias crónicas. No todo el mundo puede escalar montañas a los 67 aunque lo tenga en su lista desde los 40.

Es como guardar esa botella especial para una gran ocasión... y descubrir, cuando por fin decides abrirla, que el corcho se ha secado. La intención era buena. El momento nunca llegó.

No se trata de demonizar el trabajo. Trabajar aporta estructura, ingresos, aprendizaje y propósito. El problema aparece cuando se convierte en la única columna que sostiene nuestra identidad. Si todo lo que somos se resume en nuestro cargo, cualquier cambio -un despido, una reestructuración, una enfermedad- nos deja sin suelo.

Lo más irónico es que muchas veces no estamos ocupados en lo realmente importante. Estamos atrapados en reuniones que podrían ser un correo, en correos que podrían ser una llamada breve, en procesos que nadie cuestiona porque «siempre se ha hecho así». Decimos sí por inercia. Sí a tareas que no aportan valor. Sí a quedarnos una hora más cuando lo que deberíamos hacer es estar en el cumpleaños de nuestros hijos o sentarnos a cenar sin el móvil sobre la mesa.

La vida no avisa cuándo será la última vez que compartas una sobremesa con alguien. No envía un mensaje diciendo «aprovecha este momento, es irrepetible». Simplemente pasa. Y cuando quieres darte cuenta, ya ha ocurrido.

Porque sí, hay un contador. Invisible, pero implacable.

Diversos estudios sobre satisfacción vital en España reflejan que las personas con mayor equilibrio entre vida profesional y personal presentan mejores niveles de salud mental y física. No es casualidad. El descanso, el ocio significativo y las relaciones personales no son lujos que se disfrutan tras décadas de sacrificio; son necesidades básicas para sostener el rendimiento a largo plazo.

Pensemos en algo cotidiano: el móvil. Si lo usamos sin parar y no lo cargamos, se apaga. Nadie lo considera una traición del dispositivo; entendemos que necesita energía. Con nosotros hacemos lo contrario: exigimos rendimiento continuo y llamamos debilidad a la necesidad de parar.

Aquí la responsabilidad es compartida.

Las empresas deben revisar la cultura del presencialismo y del «siempre disponible». Fomentar la desconexión digital real, evaluar la utilidad de determinadas reuniones y medir resultados por objetivos y no por horas visibles no es buenismo; es sostenibilidad. Un profesional agotado no es más productivo, es más vulnerable al error, al conflicto y a la baja médica.

Y los profesionales también debemos asumir nuestra parte. Aprender a marcar límites sin culpa. Entender que decir no a una reunión innecesaria no es deslealtad, sino gestión inteligente del tiempo. Planificar vacaciones reales -no teletrabajo camuflado en la playa-. Recuperar aficiones que nos recuerden que somos algo más que nuestro cargo en LinkedIn. Llamar hoy a esa persona a la que llevas meses diciendo «tenemos que quedar».

Vivir aquí y ahora no significa descuidar el futuro. Significa no hipotecarlo todo a un mañana incierto. Significa integrar pequeñas dosis de aquello que soñamos en nuestra rutina actual. No esperar a que todo esté perfecto para empezar a disfrutar.

Solo existe esta vida -que sepamos-. Y lo único seguro es que todos tenemos fecha de caducidad, aunque no conozcamos el día exacto. Nunca es tarde para empezar algo, es cierto. Pero cada jornada que pasa es una oportunidad menos disponible. Un día que ya no vuelve.

El éxito profesional pierde brillo si no tienes con quién celebrarlo. Ningún informe urgente compensa ausencias repetidas en lo verdaderamente importante. Trabajemos con compromiso, sí. Pero no en piloto automático.

Porque el reloj no se detiene.

Y el «algún día» no aparece en el calendario

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