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Opinión

Zaragoza

Un Lamata de instinto avanzado

Las principales virtudes de 'La ahorcada' provienen del profundo amor al cine que profesa su director. Pasión y disfrute de unas películas que ya no volverán, pero que marcaron con estilo una impronta de cómo ver y celebrar el cine.

Miguel Ángel Lamata dirige muy bien y sabe lo que se hace, respetando en cada momento las claves del género a batir (de forma polisémica). La noche del pasado jueves hizo première mundial, velada que transcurrió en los Cines Palafox del Paseo de la Independencia, escenario de miedo donde arrancaría años ha el rodaje de su ópera prima Una de zombis (2004). Las principales virtudes de La ahorcada provienen del profundo amor al cine que profesa su director. Pasión y disfrute de unas películas que ya no volverán, pero que marcaron con estilo una impronta de cómo ver y celebrar el cine. Si Garci homenajea y habla sobre el cine clásico, Lamata hace lo propio con muchos otros clásicos contemporáneos del último cuarto de siglo, cubierto en la producción con la maravillosa sombra alargada de Raúl García Medrano.

Vean si no los ecos a la partitura que el gran Jerry Goldsmith compuso con marca y carácter para Instinto básico (1992) de Paul Verhoeven, una de las perlas del género. Un también todopoderoso Fernando Velázquez —que como las y los más grandes nació en el día de Santa Cecilia— construye una maravillosa banda sonora, que de comienzo a fin es el traje perfecto para soldar en el espectador el sentimiento de este thriller, con ecos también a Herrmann. Entre lo atractivo y lo siniestro, estamos ante la construcción de una brillante espiral de tensión, soldada a la perfección entre imagen y trama, apoyada en la inconformista y moderna novela de Mayte Navales para una puesta en escena muy a la americana, cuyos primeros planos muchas veces recuerdan al donaire del gran Brian de Palma.

Aquí no es gótico americano, es… Teruel, donde lo bello se cita ante lo oscuro. Como decía Rilke, «lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar». Lo siniestro como_«aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado», que apuntaría Schelling. O como reflexionaba Eugenio Trías a comienzos de los ochenta, lo siniestro como condición y límite de lo bello. Entre lo misterioso y clandestino que conforma al guardián de los secretos, Lamata articula con maestría la incomodidad e inquietud que nace del unheimlich pues, como profundizaba Freud, heimlich significa «lo que es familiar, confortable, por un lado; y lo que es oculto, disimulado, por el otro. Unheimlich tan sólo sería empleado como antónimo del primero de estos sentidos y no como contrario del segundo».

En estas se abre otro asunto USA permanente, la familia amenazada, y las estéticas como las conexiones entre la Joan Allen de Cara a cara (1997) de John Woo y la Norma Ruiz de La ahorcada; en los desasosiegos de El cabo del miedo (1991) de Martin Scorsese, con los virtuosismos y coreografía de cámara, tanto en las escenas previas como en los momento de vértigo por y para la supervivencia; o ese hogar violado con piscina: Billy Wilder lo sabía muy bien en El crepúsculo de los dioses (1950) porque, más allá de las terribles poéticas a lo Poe del árbol y su ruiseñor, la omnipresencia de la piscina claramente nos habla de aislamiento, decadencia y muerte. Una acuario que también representa mi querido Fernando Franco en Subsuelo (2025), y que en un clásico obligado como Pesadilla Diabólica (1976) de Dan Curtis, con un excelente Oliver Reed, conecta como fuente de terror con lo mejor de La ahorcada.

«Los corazones están hechos para romperse» es la cita spark del filme, que Oscar Wilde destaca en De profundis (1905). Y es que Wilde siempre ha sido experto en maquillar cualquier pulsión destructiva a declaración de amor. Un Wilde presente en un nuevo Dorian Gray que con vulnerabilidad y fuerza da vida Eduardo Noriega —sea comedia o drama, Eros o Thanatos, Noriega ya es a Lamata lo que Deep a Burton—, alter ego y fantasma del dolor como esa criatura vengadora que da vida la generosa y brillante Amaia Salamanca, una Dorian Gray metafísica encerrada cual Alicia tras el espejo y en la cárcel de su árbol. Porque, a fin de cuentas y más allá de la soberbia, la película nos deja también una inteligente pregunta: ¿cuáles son ahora los excesos de nuestro tiempo, que son capaces de llevarnos al abismo de nuestras vidas?

En la otra balanza de Wilde, el predicador de Robert Mitchum hubiera hablado del texto que completa la cita: «Lo peor de todo no es que te rompa el corazón, sino que te lo convierta en piedra», un axioma casi del cosmos lamatiano. Y es que el director de Nuestros amantes continúa en la senda de su propia búsqueda neorromántica, en otro género pero con los mismos actores de su inteligente troupe, de excelente casting y con nuevas incorporaciones entre las que sobresale una Veki Velilla que ya podría ser raptada para intervenir en la próxima entrega de Scream; y una brillante Cosette Silguero que se echa a sus espaldas parte del desarrollo de la trama, perfectamente dirigida, pues recuerden las habilidades de Lamata con la saga de Los Futbolísimos.

Y las queridas y grandes Cristina Gallego y María José Moreno completan con sus arquetipos el apuntale de esta tienda de campaña de luces negras. En el thriller no existe la seguridad para el modus vivendi burgués, y lo que de verdad consigue el cine de terror es aportar la adrenalina necesaria para que, artificialmente, nos sintamos mucho más vivos, si no es en el bosque o parque, al menos en el grand guignol de un jardín de violencia naturalista que, a la vez, es baúl y reflejo para los que habiendo pasado los 50, y cercanos a los 60, nos consideramos tan jóvenes como un tal Dorian Gray. 

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