Opinión
'Rapsodia húngara'
Gracias a la locura y a la maldad de Donald Trump, Estados Unidos se viene degradando ante la comunidad internacional como un perverso factor y un violento causante de desequilibrio y muerte
El eje del mal se está desplazando a Washington. Gracias a la locura y a la maldad de Donald Trump, Estados Unidos se viene degradando ante la comunidad internacional como un perverso factor y un violento causante de desequilibrio y muerte. Cuyos políticos y ejércitos no tienen el menor empacho en compartir genocidios, asesinar a presidentes o apoderarse de bienes que no les pertenecen.
El amor al poder y a la riqueza del inmoral inquilino de la Casa Blanca ha vertido y profanado la sangre derramada en Gaza aspirando a convertirla en ríos de dinero de una costa turística regida por sus familiares y amigos; el petróleo venezolano, en una bolsa de dólares para lucrar a compañías norteamericanas; Groenlandia en otra provincia suya; Ormuz, en un peaje; España... ¿Qué tendrá pensado este animal para nuestro país?
Por suerte la rapsodia húngara de Péter Magyar ha puesto momentáneo freno a la expansión del nuevo «eje del mal» en Europa. Millones de húngaros celebrando como una liberación la derrota del miserable Orbán han encendido la luz de una democracia a oscuras. En Italia, Meloni se ha rebelado también, aunque sea de boquilla, al yugo de su amigote Trump, cuyo desprestigio en toda Europa solo es superado por el psicopático habitante del Kremlin, allá por donde el eje del mal sigue electrocutando libertades camino de Corea del Norte. Son estos hijos de Putin quienes están transformando el mundo en una cloaca, y sus respectivos países en cárceles donde la tortura puede ser un mal menor comparado con la muerte que espera a más de un disidente.
Hungría, Ucrania, Gran Bretaña, Francia, Alemania, España... Quedan, natural y afortunadamente, muchos bastiones de la libertad, naciones que no van a permitir la más mínima merma de sus derechos adquiridos a lo largo de siglos de luchas y conquistas, leyes y mejoras, compromisos con sus ciudadanos y con las generaciones futuras de europeos, quienes deberán seguir luchando contra los nuevos ejes del mal que a buen seguro seguirán aflorando.
Frente a ellos, hoy, ahora, ni Europa ni España pueden dar un solo paso atrás, transigir la más mínima concesión, pactar absolutamente nada. Son basura. Radioactiva, pero basura.
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