Opinión | SALA DE MÁQUINAS
Agustín de Hipona
El periplo africano del papa León XIV ha respetado una etapa en Annaba (Argelia), la antigua Hipona, diócesis obispal de San Agustín, que nació en Tagaste en el año 353 d.C. Y en cuya orden milita el pontífice.
Figura clave en el cristianismo primitivo, Agustín de Hipona ve ahora reeditadas sus legendarias Confesiones por el sello Gredos, con un esclarecedor prólogo de Alfredo Encuentra Ortega.
Su lectura nos sigue asombrando hoy por numerosas razones. En primer lugar, por el tono, asombrosamente enfático y sincero, muy adelantado a la época. Escritas hacia el año 400 después de Cristo, no había, por entonces, narrador alguno capaz de sumergirse en su propio yo, hasta el fondo de su conciencia, para desde allí proyectar y confesar a los demás sus debilidades, pecados, angustias, toda su desesperación, la de un pecador que, sin embargo, luchaba por dejar de ser un simple materialista para buscar la verdad.
No la encontró Agustín en el maniqueísmo, secta por aquella época muy extendida en oriente y el norte de África. Emanada su doctrina del babilonio Mani, establecía los dos principios inseparables de la oscuridad y de la luz, del bien y del mal, así como la doble naturaleza, divina y humana, del Dios del Evangelio hecho hombre. Agustín cayó en sus redes merced a lo atractivo de esas imágenes primordiales y al talento de sus predicadores, pero, aunque su inteligencia había quedado deslumbrada por los seguidores de Mani, su espíritu seguía insatisfecho. Y seguiría estándolo hasta que no oyera aquella voz que, refiriéndose a los Evangelios, le dijera: «Toma, lee». A partir de allí, su conversión, como la de Saulo, fue completa, hasta alcanzar el obispado y redactar toda una obra canónica, íntima y divulgativa a la vez, que, en algunos de sus títulos esenciales, como La ciudad de Dios, ha perdurado hasta nuestros días. Influyendo, a partir del siglo V, en infinidad de teólogos, padres de la Iglesia o místicos como Teresa de Jesús, cuyas Moradas recuerdan el tono e intensidad de las Confesiones agustinianas.
Un texto para leer despacio, con el respeto impuesto por su antigüedad y la certeza de que nada igual se escribió en la época de los césares.
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