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Opinión | EL ÁNGULO

El giro aragonés: los de casa primero

Bajo distintas formulaciones, la idea de la prioridad nacional resulta eficaz porque si transmiten percepción de escasez, la solidaridad se repliega

El pacto de gobierno en Aragón entre PP y Vox, aún sin cerrar, pero con firma prevista esta semana, apunta en la dirección ya vista en otros territorios, la apelación a la llamada prioridad nacional. Bajo distintas formulaciones «los españoles primero», «los de casa» o «los aragoneses antes», la idea resulta políticamente eficaz porque si hay percepción (no realidad) de escasez, la solidaridad se repliega.

Los datos electorales recientes en Aragón ayudan a entender por qué este marco gana terreno. La suma del PP y Vox ha superado el 52%, más de cinco puntos respecto a la anterior convocatoria. Hay un desplazamiento del clima político hacia posiciones donde la competencia por los recursos se percibe con mayor intensidad. Vivienda, servicios públicos o acceso a ayudas son los ámbitos donde este discurso encuentra su anclaje más potente.

La posibilidad de retirar subvenciones a oenegés que trabajan con inmigrantes irregulares o el intento de marcar distancias con pactos similares en otras comunidades reflejan la tensión interna de hasta dónde llevar ese principio sin chocar con límites legales o reputacionales. Pero la cuestión de fondo es otra: ¿cuánto respaldo social real tiene esta idea?

No hay una respuesta simple ni un porcentaje concluyente. Las encuestas no suelen formular esa pregunta de forma directa. Sin embargo, sí muestran algo relevante, que cuando los recursos se perciben como limitados, aumenta la predisposición a establecer preferencias. Es un patrón conocido que la universalidad de los derechos pierde fuerza cuando entra en conflicto con la seguridad material percibida.

El caso de la vivienda es hoy el más claro. En un mercado tensionado, con precios al alza y acceso cada vez más difícil, parte de la ciudadanía tiende a pensar en términos de «primero los nuestros». No necesariamente como una postura ideológica cerrada, sino como reacción pragmática ante la escasez. El riesgo es que ese desplazamiento anule la vocación universal del Estado del bienestar.

España ya ha transitado debates similares. La restricción de la sanidad universal en el gobierno Aznar, no generó una movilización sostenida, lo que sugiere cierto margen de tolerancia hacia políticas que introducen gradaciones en el acceso a derechos. No hay un consenso explícito a favor de excluir, pero tampoco una resistencia automática.

La prioridad nacional no se impone como doctrina, pero sí se acepta como una hipótesis normalizada en la conversación pública. El pacto aragonés será una prueba de hasta dónde puede institucionalizarse esa lógica y hasta qué punto la sociedad está dispuesta a aceptarla cuando deja de ser un eslogan.

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