Opinión
Amordazar a la prensa
En el profundo cambio (a peor), que están experimentando los Estados Unidos hay un factor de peso que quizá no se ha analizado lo suficiente. Me refiero a la adquisición de los grandes periódicos y grupos mediáticos por empresarios o financieros afines al partido Republicano, en particular a la corriente, por ahora hegemónica, de Donald Trump. Cabeceras míticas como el Washington Post han sido «descabezadas» de editores independientes para «adaptarse» a la «nueva verdad» emitida diariamente por la Casa Blanca o por el propio presidente en sus mendaces mensajes en redes sociales.
Este fenómeno de concentración de los mass media en manos de una élite privilegiada ya fue detectado y criticado por Raymond Chandler en una de sus más célebres novelas, El largo adiós, de la serie protagonizada por el detective Philippe Marlow.
En la mencionada trama, el investigador mantiene un encuentro con un tal Harlan Potter, multimillonario inversor en medios de comunicación y dueño y señor de algunos de los más influyentes periódicos de Los Ángeles, donde sucedía la historia. Potter respeta al detective porque sabe de su incorruptibilidad, aunque tiene a bien advertirle de los riesgos que puede correr de seguir husmeando donde no le llaman. Marlowe le da conversación y logra que Potter se extienda sobre las características de su «negocio». Que consiste, básicamente, no en publicar la verdad ni en formar a los lectores de prensa, sino en mantener controlada la opinión pública, a salvo de protagonismos o ideas que pudieran poner en peligro el dominio de la casta rectora, a la que el propio Potter pertenece y sirve. Cínicamente, le confiesa a Marlowe que él ni siquiera lee sus propios periódicos, concentrándose únicamente en «vigilar» que no se contaminen de elementos nocivos para el statu quo. El detective le escucha con atención, y toma buena nota, pero no por ello se rebelará ni experimentará escándalo alguno, pues su papel no el de un reformador social, sino el del sabueso tras la pista del crimen...
El largo adiós fue escrita a mediados de los años cincuenta. El «macartismo» y la CIA de Hoover controlaban el país. Muy tristemente, no otro, setenta y cinco años después, parece ser el modelo de Donal J. Trump.
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