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Opinión | CIERZERA

Leer nos hace más libres... a pesar de algunos

Entre guerras y treguas ficticias, por el reparto de una riqueza que se nos escapa al común de los mortales y que afecta al comercio internacional disparando los precios de cualquier producto que adquirimos, me gustaría reivindicar, cerca del Día del Libro, el «consumo» (aunque yo prefiero llamarlo inversión) de algo que alimenta la mente y el alma, LOS LIBROS (esos elementos a los que alguno/a les atribuye desde un gran desconocimiento un 21% de IVA, ¡vaya zasca!). Porque leer, nos hace más libres, ese estado de gracia que parece que molesta a quienes les gustaría arrastrarnos al pensamiento único y a la ausencia de criterio.

Pero hoy no toca... Hoy, desde estas líneas, me gustaría poner voz a quienes comparten cultura, a los creadores, a los ilustradores, a esas papelerías que apuestan por una sección donde los ejemplares dejan poco margen para el beneficio y aún así planifican actividades relacionadas con la lectura por experimentar ese placer del encuentro, a las bibliotecas que la hacen accesible a todo el mundo y comparten mucho más que historias organizando clubes de lectura, a las pequeñas editoriales que invierten tiempo, dinero y esfuerzo y que pelean por la supervivencia frente a las grandes superficies y compras virtuales desde el sofá. En definitiva, reivindico esos espacios donde lo impersonal se difumina, y en los que te quedarías a vivir. En un pequeño inciso, no negaré que también disfruto en los bares de barrio que congregan parroquia y generan vínculos insospechados, y del terraceo que combina observación y comentario de texto que inventa historias y conversaciones simuladas de las que anotar en una libreta y que a veces, forman parte de una futura narración. Pero reconozco que, si tuviera que elegir, porque son lugares por los que me encanta «pasillear», son las librerías; ejercen una atracción que me impide pasar de largo, el olor a papel, portadas sugerentes de colores infinitos, millones de palabras organizadas en estanterías componiendo un sinfín de relatos en los que perderse y con los que mimetizarse. Es complicado salir de ellas sin llevarse alguna lectura, a las que concedo un gran valor, sobre todo tras experimentar el placer (y, a ratos, el dolor) que proporciona «parir» un libro, por mucho que hagas uso de esas licencias literarias que te permiten inventar y generar situaciones ficticias. La gestación es tan laboriosa, y a la vez tan gratificante... ese trabajo de documentación, de lecturas varias, de investigación y el ejercicio de creatividad que requiere cada trama, cada diálogo, cada encuentro... En definitiva, el proceso de aprendizaje es impagable. Y aunque supongo que comencé por allá por la adolescencia, como casi todo el mundo, por autores consagrados y obligadas lecturas escolares poco atractivas, ya hace un tiempo que suelo dar la oportunidad a autoras y autores noveles, que aportan la frescura de los comienzos, y que, como servidora, publican con pequeñas editoriales, más o menos consolidadas que arriesgan y apuestan por narraciones de dudosa llegada, al menos inicialmente. Y en este punto, es dónde siento la imperiosa necesidad de mencionar a Marina Heredia, impulsora de Los Libros del Gato Negro, que fue quien me dio esa primera oportunidad (y la segunda, y la tercera...), y que estoy convencida de que sigue alentando, desde donde quiera que esté, a una familia gatuna que se volverá a reunir el próximo jueves, orgullos como estamos de pertenecer a «ese vínculo incondicional» que ella supo generar, tras un stand que se confundirá entre tantos otros donde escritoras y autores, libreros, ilustradores... saldremos a la calle llenando de cultura el Paseo de la Independencia. Una combinación perfecta para un gran día de celebración, muy nuestro.

Un día, en el que, además, las mujeres y hombres que vivimos con orgullo la pertenencia a un pueblo, el aragonés, y el apego a nuestra historia y a nuestras raíces, festejamos cada 23 de abril de una forma especial reclamando, cada cuál a su manera, más futuro, más igualdad, más justicia, y por supuesto más cultura... en definitiva, más Aragón, en contra de ese modelo de «la España única» gobernada desde Madrid. Disfrutémoslo e invirtamos en nutrir nuestra propia esencia, nuestra alma, con ese placer impagable y esa cultura que nos proporcionan los libros (mucho más valiosa que el uranio enriquecido) porque estaremos apoyando a mucha gente que se esfuerza cada día por compartirla.

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