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Opinión

Tonto el que no especule

La socialdemocracia europea tiene un buen desafío en su agenda para renovar el sistema, porque asoma la vieja barbarie con las mismas viejas trolas nuevas

El viejo capitalismo hacía negocio con la trata de seres humanos. Comulgaban por pascua florida, y mientras digerían semejante banquete espiritual firmaban fletes de negros que cargaban en África y descargaban en América. No era pecado, era negocio. Algunos fueron y son tenidos por prohombres de la patria y hacen de estatua letrina para mierda de paloma. En algún momento de la historia el tráfico de esclavos fue prohibido. Sigue habiendo trata, claro, sobre todo de mujeres, pero ahora a escondidas; el negocio necesita comprar y corromper voluntades para seguir produciendo beneficios fuera de la ley, pero los produce, y muchos, al parecer.

¿Algunas ramas de la actividad económica no debería estar regulada o prohibida por ley como en el caso anterior? Cuando el negocio implica menoscabo de algún derecho fundamental, el sistema, el poder, la ley ¿no debería regularlo y ponerle límites? Pues eso es lo que no se hace con el derecho a la vivienda digna que recoge la constitución, esa cosa que cada quién cita cuando y donde le conviene.

Disponer de vivienda a un coste razonable no significa prohibir la venta, el alquiler; tan sólo poner coto al beneficio y a la especulación. Ganar dinero es el objetivo del capitalismo liberal; mueve la ambición humana hacia tener más y, una vez conseguido tener más, tener aún más y llegar, en algunos casos hasta escapar del cumplimiento de las leyes. La cosa es si el margen de beneficio puede ser ilimitado incluso si destruye otros derechos: ¿tiene derecho un tarado como Musk a no comparecer ante la justicia francesa por favorecer con su negocio el de la pornografía infantil?

Los grandes fondos internacionales hacen beneficios con miles de viviendas con las que especulan sin más límite que el mercado (o sea, sin límite). Parte de las rentas de trabajo de miles de españoles pasan directamente a los bolsillos de multinacionales que imponen alquileres por encima de los caseros nacionales y se llevan entre el cuarenta y el sesenta por ciento del salario de la población joven. La incidencia en la tasa de nacimientos, ¿no estará relacionada con la dificultad para establecer un proyecto de vida en una casa donde quepan los hijos?

Paralelamente los nuevos españoles naturalizados, sin los cuales probablemente colapsarían ciertos sectores económicos, son maltratados y convertidos, de nuevo, en mercancía (legal e ilegal, otra vez) para aquellos trabajos que no son cubiertos por españoles de cuna. Y estos sí, aceptan tener hijos en condiciones precarias y son, de hecho, los nuevos proletarios. Ahí tiene la socialdemocracia europea un buen desafío en su agenda para renovar el sistema, porque asoma la vieja barbarie con las mismas viejas trolas nuevas. Por ahora sólo insultan, pero ya les ven ganas de pasar a la acción.

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