Opinión | tercera página
¿Regularización de inmigrantes? Si, por favor
El proceso de regularización para inmigrantes que se abre en España es una buena noticia. Si, amigo, vecino, cuñada, paisano, lector, compañera de sindicato, de partido, de barra de bar, o de misa, compatriota en general; es sin duda una excelente noticia.
Y es que, a los habitantes de los países de las democracias liberales, se nos llena muy a menudo la boca de democracia y derechos humanos, cuando miramos hacia afuera repartiendo recetas a otros países. Pues bien, pasar a la acción y legislar un proceso de regularización de millares de personas adultas, jóvenes o niñas, para sacarlas de la clandestinidad, miedo y eterna incertidumbre, pésimas condiciones de vida y exposición a la sobre explotación, es un ejercicio fenomenal de promoción de los derechos humanos, que no debería utilizarse de forma inmoral para polarizar más a nuestra sociedad e intentar rascar cuatro votos.
Pero además, ¿tan difícil es de entender que en un país con tasa de natalidad en el que muere más gente de la que nace, que envejece a marchas forzadas, se hace imprescindible rejuvenecer a la población con personas que, necesariamente, tienen que venir de otros lugares? ¿Tan ciego hay que estar para no darse cuenta de que las personas migrantes ni son unas aprovechadas ni vienen a mendigar, sino que vienen simplemente a trabajar, a ganarse la vida dignamente? ¿Por qué algunos niegan lo obvio de que aportan creación de riqueza a nuestra economía, y de paso a nuestro bienestar? ¿Tan difícil es de entender que si hay miles de personas en España sin papeles, tienen inevitablemente que sustentarse en la economía sumergida, siendo pasto de empleadores desampresivos que los sobreexplotan demasiado a menudo de forma miserable?
No hace falta ser un genio para llegar a la conclusión de que en España la inmigración y el proceso de regularización, no es un problema sino una oportunidad, entre otras cosas, para la sostenibilidad de nuestro estado de bienestar.
La demagogia que se emplea por parte de los sectores más xenófobos de la política cuando se habla de inmigración, no se sostiene bajo ningún concepto cuando se contrastan los datos reales: los mitos sobre las paguitas, la delincuencia, el reemplazo, la violencia, las violaciones, se deshacen solos tan sólo echando mano de las estadísticas.
Es la miseria y la marginación lo que produce problemas. Y estas hay que acometerlas, tanto para para nacionales cómo para extranjeros, con políticas públicas inclusivas y diálogo, con más justicia social, no con teas y gasolina.
Por eso, oponerse y poner trabas, como se está haciendo desde sectores del PP y VOX, no es un mero ejercicio de legítima oposición política; son actos que además de alejarse de toda moralidad ética, filosófica y religiosa, incurren en una irresponsabilidad imperdonable.
Yo estoy convencido de que la mayoría de nuestras gentes son acogedoras y que cuando miran a sus vecinos migrantes, a sus compañeros de trabajo o de aula, sólo ven a personas y no a potenciales delincuentes y competidores. Es una minoría la que está sucumbiendo a la demagogia y las mentiras interesadas de la extrema derecha. No dejemos que la irracionalidad xenófoba y racista se extienda. Nos va en ello la construcción de un país en el que merezca la pena vivir.
No lo olvidemos, los hijos, los nietos de nuestros inmigrantes, van a ser, ya lo son, los ciudadanos compatriotas de nuestros hijos y nietos.
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