Opinión | Sala de máquinas
Veto a Israel
Proponiendo a la Unión Europea cancelar su acuerdo de cooperación con Israel, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha lanzado un órdago a Benjamín Netanyahu. Curiosamente, no anunció dicho y relevante planteamiento o reordenamiento de nuestra política internacional en el seno de su Gobierno o del Parlamento español, sino en un mitin celebrado al calor de las elecciones andaluzas, rodeado de militantes, candidatos y simpatizantes, tan solo las banderas de su partido ondeando en la grada.
¿No hubiera sido bastante más pertinente –y seguramente más eficaz–, proceder a presentar y a debatir tal iniciativa en el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional? Base o condición que, lejos de ser eternamente segura puede verse afectada por cualquier cambio brusco o movimiento alterno de nuestro país en el tablero de la geopolítica mundial. Como, por ejemplo, por el paso que acaba de proponer Sánchez. Porque no es lo mismo –no puede serlo–, llevarse bien con Israel que a llevarse «a matar» con su primer ministro.
Un genocida, el tal Netanyahu, ¿quién puede defenderlo? Ahí siguen las tumbas de treinta mil niños asesinados por sus bombas en Gaza, más las miles de víctimas inocentes causadas estos días por sus aviones y artilleros en Líbano y Teherán.
España, empujada por los partidos de izquierda, ha venido dando pasos en dirección contraria al expansionismo judío; limitando sus contratos bélicos; condenando sus ilegítimas agresiones y traidores violaciones de altos del fuego; subrayando su defensa de los «dos estados» para superar el conflicto palestino o soportando con estoicismo el desdén de las fuerzas israelíes a los cascos azules españoles destacados en la zona como fuerzas de paz.
Todas esas y otras medidas ya ha sido ejecutadas y trasladadas a la conflictiva realidad de la relación entre dos países, España e Israel, que apenas comparten nada.
Pero de ahí, o de aquí, a «agredir» a Israel (como ellos lo van a interpretar, aunque sea diplomáticamente) se extiende un territorio minado por el que muchos otros políticos y buena parte de la opinión dudará si transitar o no.
En cualquier caso, Pedro Sánchez debería debatir, no decretar, su veto a los sionistas.
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