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Opinión

El arte de (no) gobernar de Pedro Sánchez: el funambulismo de la nada

Hubo un tiempo en que la política consistía en el noble ejercicio de la gestión y el respeto a las formas. Hoy, bajo el mandato de Pedro Sánchez, la gobernanza de España se ha transformado en un espectáculo de prestidigitación permanente donde el conejo nunca sale de la chistera, básicamente porque el mago ha empeñado el sombrero para pagar el escenario. La realidad es tozuda: España no tiene un Gobierno, tiene un comité de resistencia.

Sostener que se puede liderar una potencia europea con una mayoría que es un puzzle de chantajes a plazos es un ejercicio de optimismo patológico. Sánchez ha elevado la debilidad a virtud, pero lo que él llama «geometría variable» es parálisis por hipoteca. Gobernar no es sobrevivir a una votación un martes para llegar al miércoles; es tener un proyecto que no dependa del humor de Waterloo. Sin embargo, ante la incapacidad de legislar, el sanchismo ha descubierto su consuelo: la colonización sistemática.

Ante la falta de escaños, se opta por el asalto a los despachos. La lista de instituciones «conquistadas» parece el inventario de un saqueo: desde el Tribunal Constitucional hasta la Fiscalía, pasando por el CIS o RTVE. Se confunde el Estado con el patrimonio del partido, colocando peones donde se requiere independencia. Aquí emerge el perfil del «Orban del Sur», esa deriva iliberal que, bajo una pátina de progresismo, utiliza las herramientas de la democracia para erosionar sus contrapesos. Al igual que el mandatario húngaro, Sánchez señala a la prensa crítica como «fango» y trata de diseñar un ecosistema mediático a su medida, mientras señala a jueces y opositores como enemigos del pueblo. Es el autoritarismo de guante blanco y traje slim fit.

La ironía es exquisita: tenemos el Gobierno más «resilente», capaz de aguantar tormentas, pero incapaz de arreglar una gotera legislativa. Es el síndrome de Estocolmo elevado a la política de Estado: el gobernante se abraza a su captor para no perder el Falcon. Asistimos a una vacuidad ruidosa. Un gabinete que sobrevive mucho para gobernar absolutamente nada, mientras degrada el prestigio institucional para blindar su estancia.

Lástima que el país no pueda alimentarse de posados en la escalinata de la Moncloa. España merece algo más que un funambulista que, de tanto mirar al abismo, ha olvidado que el país está debajo, viendo cómo los cimientos del Estado se tiñen de un solo color. La resistencia no es un programa electoral, es una agonía institucional que pagamos todos mientras usted, Sr. Sánchez, ensaya su próxima pirueta iliberal en el vacío.

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