Opinión | erre que erre
Un pacto con doble filo

Apretón de manos de Azcón y Nolasco, tras informar del pacto de gobierno PP-Vox. / Jaime Galindo
El acuerdo anunciado entre PP y Vox para gobernar Aragón ha servido para desbloquear una situación política compleja, pero también ha dejado al descubierto algo más profundo: la estrategia de Vox para acumular poder territorial mientras mantiene una presión constante sobre Feijóo desde la dirección nacional del PP. Es una operación política calculada, visible y, sobre todo, arriesgada.
La comparecencia conjunta de Jorge Azcón y Alejandro Nolasco fue muy reveladora. El dirigente de Vox agradeció al presidente aragonés su disposición y valentía para alcanzar el acuerdo, en un gesto que parecía reforzar la relación institucional. Pero acto seguido dirigió sus críticas hacia Génova, acusando a la dirección nacional del PP de haber puesto «palos en la rueda» y «zancadillas». Era difícil no percibir el contraste. Azcón asentía con una sonrisa incómoda y negaba levemente con la cabeza. La escena hablaba sola.
Ese doble mensaje no es casual. Vox está consolidando un patrón discursivo que se repite en distintos territorios: legitimar los pactos con los barones autonómicos del PP mientras se erosiona la figura de Feijóo. Es una forma de acumular influencia institucional sin renunciar a marcar perfil propio ni a ejercer oposición política al liderazgo nacional del principal partido de la derecha española.
La paradoja es evidente. Vox, que cuestiona el modelo autonómico, busca reforzar su presencia en los gobiernos regionales. Lo hace con eficacia táctica, pero con un coste estratégico para la estabilidad de esos pactos. Porque si el adversario sigue siendo Génova, el socio territorial queda atrapado.
Las palabras de Nolasco lo reflejan al decir que la mayoría de los barones populares no han contribuido al «ataque mafioso» de Génova. Esa distinción puede resultar útil a corto plazo para justificar pactos como el de Aragón, pero introduce un elemento de fragilidad estructural entre ambos partidos.
La experiencia reciente invita a la prudencia. Vox ya ha demostrado que puede romper acuerdos de forma abrupta, como ocurrió con los menores no acompañados. Si la tensión con Feijóo continúa, ese mismo patrón puede repetirse.
Ahí reside la principal debilidad del pacto aragonés. No en su contenido (criticable), ni en su utilidad para garantizar la gobernabilidad, sino en la lógica política que lo rodea. Cuando un acuerdo territorial depende de una estrategia nacional basada en la confrontación, su estabilidad queda condicionada desde el primer día.
Aragón necesita gobiernos sólidos y previsibles con socios fiables. Cuando uno de ellos usa el poder autonómico como palanca para desgastar a su aliado en Madrid, el riesgo es real . Es el verdadero desafío que abre este acuerdo: no solo gobernar hoy, sino garantizar que la estabilidad no dependa mañana del enfado de Abascal con Génova.
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