Opinión | El ángulo
Política en escena
Estamos atravesados por pensamientos conspiranoicos y hechos alternativos, y cada acontecimiento se convierte en materia prima de relatos en disputa
Como en el Berlín de Cabaret, el peligro no reside solo en los hechos, sino en la normalización de su representación. La idea de que todo es espectáculo ya no es una exageración, describe bastante bien cómo funciona hoy la política. Como en la película, donde el entretenimiento convivía con un contexto cada vez más inquietante, ahora los gestos públicos y las polémicas pesan tanto o más que los hechos en sí.
Atravesados como estamos por pensamientos conspiranoicos y hechos alternativos, cada acontecimiento se convierte en materia prima de relatos en disputa. El supuesto intento de asesinato contra Donald Trump, sumado al que sufrió durante la campaña, entra de lleno en esa dinámica. Antes incluso de que haya información clara, ya circulan interpretaciones y sospechas. En un contexto dominado por mentiras continuadas y desconfianza generalizada, cualquier suceso se convierte en terreno de disputa. La duda es ya nuestro estado permanente.
En España, la política ha aprendido a escenificarse sin pudor. Hemos visto recientemente a una presidenta autonómica desfilar en un circo romano para su toma de posesión, elevando la liturgia institucional a espectáculo histórico. Asistimos, hace casi dos años, a un expresidente de la Generalitat ejecutando en Barcelona un acto con aires de escapismo, como si la política pudiera resolver sus contradicciones con un truco de ilusionismo digno de Ahora me ves. El gesto sobre el contenido, la imagen por encima de la explicación. A no ser que sea el insulto, porque el tono se ha degradado hasta lo performativo.
El líder del tercer partido grita «hijo de puta» en mítines cada vez más menguantes, consciente de que el exabrupto viraliza más que cualquier programa. En paralelo, un presentador de televisión convierte el plató en un ring, acosando verbalmente a una expresidenta andaluza que rehace su biografía mediática alrededor de urnas que aparecieron y desaparecieron hace diez años, un símbolo perfecto de cómo la memoria política se edita en tiempo real. La amnesia también se ha vuelto escénica. Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal dicen no recordar en la Audiencia Nacional lo ocurrido hace trece años, mientras Koldo y Ábalos ensayan el olvido en plazos mucho más breves. Más allá de lo jurídico, esto transmite la sensación de que la memoria política es selectiva y adaptable según convenga.
Así, nada es exactamente lo que parece. Ni los acuerdos firmados, que pueden mutar en cuestión de horas, ni los desacuerdos exaltados, que a menudo son parte del guion. Bienvenidos a este lado donde la vida no es decepcionante, sino que la pintan hermosa.
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