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Opinión

Edad del Hierro

Una de las mejores maneras de encontrarnos con las raíces de nuestra civilización sería la de viajar en el tiempo por las orillas del Mediterráneo. Regresando a aquellas ciudades-estado que, en Micenas, en Siria o en Grecia desarrollaron instituciones, ejércitos y estilos de vida compatibles con lo que solemos denominar «progreso». Avanzando en su desarrollo económico, en su salud, pero no siempre en la conquista de derechos individuales o cívicos.

Ya en los siglos XIII y XII antes de Cristo se detectan, gracias a la moderna arqueología, enclaves con agricultura y ganadería, palacios y tumbas, embarcaciones y artes de pesca, alfarería y fundición de metales... hasta que en 1.177 a. C, según Eric H. Cline, un colapso acabó con micénicos e hititas, condenando a la mayoría de los restantes pueblos mediterráneos a un impasse en su desarrollo. Que, en opinión de otros historiadores, daría paso a la Edad del Hierro o a las «edades oscuras».

No es ese, sin embargo, el parecer de Cline, profesor de Clásicas y Antropología en la Universidad George Washington. En su nuevo ensayo, Después de 1.177 a. C. (editorial Crítica), Cline sostiene haber detectado suficientes elementos positivos en dicho período como para poder hablar de «supervivencia de las civilizaciones».

En buena parte del Egeo y del Mediterráneo oriental se habría producido, más que un fracaso o desaparición de varias culturas, una época «de caos y reconfiguración». A lo largo de la Edad del Hierro se iría constituyendo un nuevo orden mundial que incluiría a fenicios, filisteos, israelitas, neohititas, neoasirios y neobabilonios. Adjudicándoles decisivas innovaciones que cambiarían aspectos de la convivencia y de la relación entre los pueblos, como el uso generalizado del hierro o la aparición del alfabeto.

Así, la severa sequía que en el siglo XII antes de Cristo provocó la caída de Micenas, la invasión doria y el derrumbe de los hititas iría dando paso, durante los cuatrocientos siglos que se estima duró la Edad de Hierro, a condiciones climáticas más suaves que permitirían el asentamiento de pueblos como los israelitas, o también de los reinos de Judá, Moab o Edom.

Una revisión histórica sustancial sobre un período bastante desconocido, pero clave, de la rica historia de nuestro Mediterráneo.

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