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Opinión

David Lozano

David Lozano

Escritor

Frívolos culturales

La única pantalla sagrada es la del cine o –concedamos su legítimo protagonismo actual a las plataformas– la de la TV. Las otras que han irrumpido en nuestras vidas –móviles, tablets, portátiles– han impuesto una nueva dinámica a la hora de asomarnos a los contenidos culturales que, en ocasiones –no siempre–, termina repercutiendo negativamente en la calidad de lo que se ofrece. El fenómeno del scroll, esa manera fugaz de asomarnos a las publicaciones ajenas en redes y aplicaciones, me parece una imagen muy fiel del modo en que a menudo se aborda la experiencia cultural o, incluso, del formato que se busca en ella: rápido, breve, disperso, superficial.

Las manifestaciones artísticas, que habitualmente requieren concentración, profundidad, calma (la lectura de una novela es un buen ejemplo), se vuelven de pronto demasiado exigentes, casi exóticas, para un creciente perfil de población que ha perdido la costumbre de dedicar tiempo –y atención– en exclusiva a una actividad o, en las generaciones más jóvenes, que de hecho nunca la ha tenido. ¿Qué fue de la abstracción? Lo que no se practica, se pierde, como ocurre con los idiomas o la música. De hecho, uno de los riesgos que se asocian a la IA es, precisamente, la pérdida de destrezas derivada de su uso indiscriminado para toda actividad intelectual.

Es un alto coste a cambio de la comodidad: volverse inútiles y dependientes. Cuando dejas de necesitar hacer algo, ya no lo haces y terminas por olvidar cómo se hacía. No es nada nuevo, salvo por la extraordinaria dimensión de la renuncia en este caso. Ha surgido, en este contexto, una nueva habilidad que se demanda: saber qué y cómo preguntar a la IA para que genere los contenidos que buscamos. A cambio están en juego, entre otras muchas cosas, la creatividad, la investigación y la reflexión. Nos aguarda quizá un desolador futuro de autómatas, si no reaccionamos.

Resulta curioso: la IA amenaza con arrebatarnos la capacidad de crear los contenidos de los que se alimenta, con lo que ella misma –que, en definitiva, solo es una imitadora– está poniendo en riesgo su propio potencial en un pernicioso bucle.

 En esta línea de progresiva pérdida de facultades fruto de la nueva realidad, la capacidad de concentración también ha de entrenarse o estaremos condenados a una inevitable frivolidad cultural. Y conste que a mí me encanta disfrutar de lo superficial (no todo va a consistir en ver películas de Bergman o leer a Joyce), pero deja de gustarme cuando no se trata de una elección sino de una sentencia. Del mismo modo en que un uso excesivo de la calculadora termina por reducir nuestra capacidad a la hora de realizar operaciones mentales, sucumbir a la dispersión y a lo fugaz nos aleja de la capacidad para abordar experiencias culturales más ambiciosas.

El propio ritmo narrativo del cine o la literatura, por ejemplo, se ha acelerado actualmente para responder a esa velocidad a la que nos hemos acostumbrado y que ahora exigimos como espectadores, lectores, oyentes... Yo, el primero. Quizá otra muestra más de esta velocidad es la corta vida de los libros en un mercado extenuante de novedades o el plazo tan breve que soportan los estrenos de películas en cartelera. Creo que el concepto de disfrute, en todos los ámbitos, requiere silencio (en sentido amplio), y eso debemos recuperarlo antes de que seamos víctimas de una suerte de atrofia irreversible.

En la realidad actual tan intensa, hemos de reivindicar la calma para rescatar nuestra capacidad de concentración, para entrenarla, como también deberíamos hacer en las relaciones con los demás. La prisa, la urgencia, nos llevan a perdernos placeres -o la posibilidad de su pleno disfrute- y nos vuelve menos exigentes. Como suele decirse, hay que paladear para asomarse al auténtico goce. La consecuencia de todo ello, de un presente tan precipitado, tan poco atento, es el riesgo de terminar provocando una única oferta de contenidos que renuncie a la ambición, al compromiso, a cambio de garantizar un consumo de satisfacción más inmediata.

De nuevo un bucle: si solo existe la opción fácil (de la que también soy defensor), no hay posibilidad de educar para ser capaz de apreciar una mayor calidad, no hay espacio para el descubrimiento y la superación, para el crecimiento, con lo que todavía se consolida más la presencia única de lo inocuo bajo el tramposo argumento de que no hay demanda para lo contrario. Al final, uno acaba enfrentándose a lo que ha sembrado. Lo trágico es que, en este caso, habremos perdido la posibilidad de elegir, un sacrificio al que se nos ha conducido sin consultarnos.

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