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Opinión

Haced algo ya, coño

Esta frase trasladó anteayer al Congreso un sentimiento extendido sobre la distancia actual entre la urgencia de los problemas y el ritmo de la política

Crece la sensación de que la política tiene una dificultad creciente para dar respuesta a los problemas urgentes, mientras los actores políticos priorizan sus estrategias. El último episodio, el del rechazo de Junts, PP y Vox a la ratificación del decreto del Gobierno sobre la prórroga de medidas sobre el alquiler, que ya sabía que no iba a contar con la mayoría de la cámara. La decisión trasciende el plano táctico porque condiciona la vida cotidiana de millones de personas que viven bajo la presión de un mercado de la vivienda cada vez más tensionado. Sin embargo, el foco público ha terminado desplazándose hacia la escena, hacia el gesto.

Gabriel Rufián, en uno de esos momentos que condensan política y espectáculo, exhibió un billete de 50 euros en el hemiciclo para acusar a Junts de guiarse por intereses económicos. El recurso es discutible en términos de forma, pero eficaz en cuanto a impacto, ya que resume la sospecha de que determinadas decisiones responden más a cálculos de poder que a la urgencia social que dicen abordar.

Lo relevante no es el intercambio de reproches sino la sensación de bloqueo que se va consolidando. La aritmética parlamentaria permite vetos constantes, dificulta la construcción de mayorías y convierte cada votación en un pulso incierto. En ese contexto, gobernar exige una capacidad de negociación cada vez más compleja, mientras que obstaculizar iniciativas resulta políticamente rentable.

La vivienda, como otros problemas estructurales, se convierte en un elemento más dentro de una disputa que rara vez logra traducirse en soluciones efectivas. Por eso adquiere tanta fuerza la intervención espontánea de una mujer en la tribuna del Congreso al grito de «haced algo ya, coño». La frase condensa un sentimiento extendido sobre la distancia entre la urgencia de los problemas y el ritmo de la política. Cuando esa distancia se agranda, la frustración ciudadana deja de ser episódica y pasa a convertirse en un estado de ánimo persistente.

El Congreso necesita recuperar su función esencial como espacio de acuerdo operativo, donde la confrontación política no impida avanzar en cuestiones que afectan de manera directa a gran parte de la población. Porque fuera del hemiciclo, la emergencia de la vivienda sigue creciendo y las expectativas de quienes dependen de esas decisiones se van laminando. La prioridad es actuar sobre las condiciones materiales de vida de la gente, empezando por el acceso a un hogar. De eso va la política, de mediar entre conflictos de intereses distintos para mejorar la vida de las personas, en busca del interés general aciertan a decir los libros.

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