Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Humanismo

En una reciente cita musical programada por la Sociedad Filarmónica de Zaragoza tuvimos ocasión de escuchar al contratenor Carlos Mena. Acompañado por la joven pianista Itxaso Sáinz de la Maza, deleitó al público con una selección de canciones procedentes de distintos siglos y orígenes, pero teniendo siempre al Mediterráneo como nexo común. Canciones renacentistas españolas, napolitanas, sicilianas, sefardíes, griegas... hasta componer un sonoro y melódico fresco de lenguas y melodías capaz de seducir a la más dura de las almas.

Además, el cantante lírico hizo el esfuerzo, mediante breves pero atinadas intervenciones, de prologar cada una de las piezas, situándolas en su corriente, tradición y lugar de aparición, a fin de hacer más coherente el contexto de su concierto. En una de esas explicaciones, el contratenor aludió a un elemento que, a su juicio, era común a todas las culturas incluidas en su programa para la Filarmónica zaragozana: el humanismo.

Una característica que lo es, sobre todo, en relación a Europa; al menos, a la Europa clásica que tanta gente conoce y admira; pero quizá no tanto si pensamos aplicar dicho concepto –el humanismo– a otras geografías donde impera la ausencia de humanidad, la deshumanización, el desplazamiento del hombre como destinatario de servicios y derechos, viéndose sustituido por una razón de estado mal entendida.

Pero, ¿qué es el humanismo? Para saberlo sería mejor no leer la definición que a propósito de dicha voz aporta el diccionario de la Real Academia. Decepcionante, por su pobreza, en la descripción de este concepto básico. Preferible será que pensemos en los artistas y obras que lo encarnaron como claro ejemplo. Volvamos los ojos a Leonardo Da Vinci, a Erasmo de Rotterdam, a Fernando el Católico, a Rojas, Guttemberg, Miguel Ángel... y con toda seguridad entenderemos lo que ese humanismo con base en la Antigüedad clásica greco-latina sentó en nuestro Renacimiento para impulsarnos a la expansión del conocimiento humano con el único límite de no pervertir sus valores ni trastornar la convivencia social. Vendría luego La Ilustración, con Voltaire, Diderot, Rousseau alumbrando un nuevo humanismo... Tras ellos, Goethe, Kant, Byron, Stendhal o Goya definiendo lo que fuimos, lo que cantamos, lo que somos... extrayendo lo mejor de nosotros mismos: siendo humanistas.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents