Opinión

Bibliotecario
El olvido que seremos
El título del libro de Héctor Abad Faciolince, adaptado al cine por Fernando Trueba, sirve para el tema de este artículo. ¿Qué ciudad queremos ser? Es un interrogante que debemos hacernos en primera persona. «Nada urbano me es ajeno»”, podríamos decir, parafraseando a un romano clásico, todos los que habitamos ciudades. En el caso de Zaragoza (y de otras capitales similares) parece que aspiramos a medalla en una carrera demográfica por un pódium nacional que no habla mucho más que de unos centenares de miles de residentes, sin otros indicadores sobre su grado de satisfacción, de confort, de arraigo, de cuidado de los espacios públicos y privados en que desarrollamos nuestras vidas. Tampoco sobre problemas endémicos y deslocalizados a los que nos enfrentamos, como el de la vivienda. Mientras, nuestros ayuntamientos se ocupan de organizar eventos puntuales para el ocio insustancial y el turismo, y de desactivar todo proyecto de participación y vida comunitaria.
No se podrá decir que Zaragoza Ciudad lo esté apostando todo a una carta, desde el ámbito municipal. Se suma al carro de los centros de datos, sin valorar ni su mínimo impacto en el empleo ni su alto coste medioambiental. La logística a gran escala también es parte de su estrategia, sin pensar en las consecuencias de hechos como el fin del multilateralismo o la insostenibilidad del actual modelo comercial. Y una idea malentendida de cultura consumible de usar y tirar en la que los creadores son meros fabricantes y la ciudadanía público pasivo y acrítico.
El Gobierno de Natalia Chueca lleva tres años ahondando en un modelo esbozado por Jorge Azcón, de ciudad-espectáculo con mucho espacio para la presentación y poco para la representación. Son tantos los proyectos anunciados que podría resultar intrascendente que algunos se vayan cayendo por su inviabilidad y su absoluta desconexión de la realidad, cuando no por intereses particulares espurios. No hace ni un año que el Ayuntamiento de Zaragoza aprobó la ampliación del Parque de Atracciones a costa de los Pinares de Torrero, contra la voluntad de los vecinos del barrio y contra el sentido común. Y la nueva concesión para la explotación del negocio resulta ser un fiasco que huye como de la peste. La Ciudad del Cine (con notables ejemplos negativos en los años del pelotazo en alguna comunidad cercana), vinculada a proyectos inmobiliarios se encuentra ahora en punto muerto, tras una inversión multimillonaria, por las dudas sobre la única empresa aspirante a gestionarla. A otro nivel, algunas demandas vecinales históricas como las piscinas del barrio de La Almozara encallan por las deficiencias de un modelo de construcción y explotación que no encajan con lo que deberían ser equipamientos públicos. Veremos en qué acaba La Nueva Romareda con el tenebroso futuro deportivo del Real Zaragoza S.A.D. Y como colofón, pequeños espacios de cultura social y comunitaria (como el Buñuel, como Harinera, como el Kike Mur) son demonizados, intervenidos y reconvertidos en servicios que nadie había demandado.
Es la forma de actuar de un Gobierno municipal que entiende la ciudad como un cartel electoral, el espacio público como un activo mercantil y a los vecinos como pasivos contables, costes gravosos. No son metáforas, es la realidad diaria que podemos ver en cada decisión de la Alcaldía.
El último jalón de los desmanes institucionales a nivel urbano tiene, sin embargo, como protagonista al Gobierno de Aragón, aunque afecta a un edificio histórico de Zaragoza: el centro de Correos de la Avenida Anselmo Clavé. Dentro de la reforma de los terrenos de la estación del Portillo, que va a ser reconvertida en parque urbano y viviendas de alto standing, y de las obras en el entorno (en la propia avenida, ya se ha talado el arbolado de la Glorieta de Zagríes), el edificio brutalista de los años setenta no ha merecido ninguna figura de protección por parte del Gobierno autonómico. Y ha faltado tiempo para que la piqueta entrara a demolerlo por la puerta de atrás, literalmente. Aquí prevalece la demolición cautelar, no vaya a ser que algún juez se replantee una decisión cuestionable.
El edificio de Correos, que cuenta las horas que le quedan en pie, manifiesta la escasa sensibilidad de la Dirección General de Patrimonio hacia obras como esta, notables por sus características arquitectónicas en nuestra ciudad. De poco han servido los artículos y opiniones sobre el asunto de expertos científicos. Tampoco el posicionamiento vecinal y ciudadano, aunque este ya lo dábamos por descontado. Ni el hecho de que se trate de un ejemplo casi único, formalmente emparentado con el viejo Centro de Clasificación Postal de Chamartín, en Madrid (de José Luis González Cruz, autor de numerosos edificios de estilo brutalista), también en vías de demolición.
Tal vez el nombre de la adscripción estética (es la adaptación al castellano del nombre original en francés, béton brut, por cemento desnudo u hormigón visto) les haga pensar a los responsables de Patrimonio que nadie echará en falta un engendro brutalista. Pero lo cierto es que son ellos los que se retratan como brutos.
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