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Opinión | EL ÁNGULO

Bailar pegados no es bailar

Hay gobiernos que dejan claro que vienen a imprimir dirección política, a este grupo pertenece el nuevo Ejecutivo de Jorge Azcón

Hay gobiernos que intentan parecer neutros, casi administrativos, como si su función fuera simplemente gestionar. Y hay otros que, desde el primer momento, dejan claro que vienen a imprimir dirección política, a este grupo pertenece el nuevo ejecutivo de Jorge Azcón. Basta con observar algo menor, pero muy revelador como el nombre de sus consejerías. La arquitectura del gobierno ya es, en sí misma, una declaración de intenciones. El ejemplo más evidente es una vicepresidencia que incluye la palabra desregulación e introducirlo en la estructura institucional implica asumir un marco político neoliberal en estado puro. Y lo hace también al reforzar conceptos como familia o al priorizar áreas como la competitividad económica, la logística o la cohesión territorial desde una óptica claramente productiva.

Otro rasgo significativo es la concentración de competencias, con consejerías que agrupan Hacienda, Interior y Administración Pública, o Presidencia con Justicia y Cultura, apuntan hacia un modelo menos fragmentado y más jerárquico. No es solo una cuestión organizativa, es una forma de ejercer el poder. Menos compartimentos estancos implican más capacidad de coordinación, pero también un mayor control político desde el núcleo del ejecutivo.

Se apuesta por la desregulación en lo económico, pero se refuerza el peso del aparato institucional. Menos normas para la actividad, pero más capacidad de dirección desde el gobierno. Una combinación clásica en modelos liberal-conservadores contemporáneos.

En lo económico busca legitimarse también desde el prestigio técnico. La incorporación de perfiles con trayectoria internacional es una voluntad clara de proyectar solvencia y alinearse con marcos económicos ortodoxos.

También resulta significativa la evolución del relato territorial. La despoblación, que durante años fue el eje discursivo central, pierde protagonismo frente a conceptos como cohesión territorial o logística. Cambia el enfoque de una narrativa de urgencia social a otra de desarrollo económico.

Menos reivindicación, más planificación. En conjunto, el nuevo gobierno transmite una idea nítida, no quiere ser percibido como un mero gestor, sino como un actor político con proyecto. El PP retiene el núcleo de poder, mientras Vox asume espacios de alta visibilidad ideológica con margen para marcar perfil propio, pero sin interferir en las áreas críticas de gestión. Más que una integración real, el diseño apunta a intentar una convivencia delimitada, de la geografía de esos límites y su adaptabilidad va en gran parte la supervivencia del nuevo gobierno.

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