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Opinión | EL MIRADOR

El significado de lo que decidimos

Sentir que la realidad actual se haya convertido en algo irreconocible, por el desequilibrio trasformado en maldad, es insufrible e inentendible. La maldad existe, lo sabemos desde la época del Neolítico, en el que ya se producían acciones agresivas, daños afectando a la población en su supervivencia por conflictos territoriales, creando masacres, torturas, que se verificaron a través de las fosas comunes; toda esta brutalidad siempre se ha valorado de manera irrelevante. Pasado el tiempo, la maldad permanece, se sabe que son hechos deliberados, debido a las crisis institucionales y de gobernabilidad, debilitando el Estado de Derecho y destruyendo la calidad de vida y el bienestar social. La capacidad humana de causar daño y crueldad intencional es una conducta claramente voluntaria que afecta la convivencia diaria, manifestándose en actos destructivos. Esta depravación me recuerda la cruda crónica visual de muchos pintores como Francisco de Goya en sus grabados calcográficos de Los desastres de la guerra. Esta obra nos ha llamado siempre la atención por la brutalidad irracional y el sufrimiento de la población, que describe de manera figurativa la violencia extrema. Una realidad que se sigue manteniendo en determinadas esferas del planeta.

En la historia del arte, la representación de la violencia o la maldad han sido un reflejo de la condición humana, evolucionando con un propósito didáctico de denuncia social, o para infundir temor como es el caso de la obra El jardín de las delicias del Bosco, cuyo objetivo era enseñar lecciones morales o infundir pavura del infierno. La violencia también se usaba para escenificar la autoridad y el poder, convirtiendo el castigo en un espectáculo. Las vanguardias pictóricas de principios del siglo XX sondearon con naturaleza de interés la violencia, el terror y la angustia existencial, reflejando la inestabilidad y el trauma de las guerras mundiales. Estos fueron los artistas expresionistas, surrealistas y cubistas, con el objetivo de dar a conocer la realidad de las barbaries realizadas por el ser humano.

En estos momentos el conflicto generalizado, convertido en una crisis multidimensional que afecta profundamente al tejido social, político, económico y sanitario, se convierte en un colapso sistémico, es decir, que afecta a todas las esferas de la vida. La violencia no solo provoca muertes y lesiones, sino que reconfigura la vida cotidiana generando miedo, desconfianza y un entorno de inseguridad constante en círculos lejanos y cercanos como son nuestros barrios, nuestras calles donde transcurren hechos que solo se saben cuando se cuentan o se ven, casos como la delincuente y su cómplice que le arrancan la medalla a una anciana, o ese ladrón que, de un tirón, le roba el bolso a una joven que estaba en la parada del autobús.

Hablar de la violencia y los asesinatos a las mujeres se está convirtiendo en un doloroso sentimiento general; ¿de qué vale decir en la pantalla de la televisión: «Ante el maltrato, tolerancia cero», cuando la impunidad y la desconfianza en la justicia se mantienen y se acrecientan? Lo que se necesita es una legislación, no solo dirigida a la reparación de las víctimas, sino también para esos violentos en el cumplimiento total de las penas de su culpabilidad. El conocimiento de tantos hechos terribles y penosos aquí y fuera de España, que se suceden cotidianamente, da lugar a la involucración en la población a todos los niveles, por lo que se experimenta un estado de sentimiento general de desamparo y perturbación, generando depresión, estrés, creando un trauma colectivo y una ruptura social.

Me gustaría sentir algo similar a lo que dijo Jean-Jacques Rousseau, cuando sostenía que «el ser humano es bueno por naturaleza», quizá era una hipótesis, un mito, un deseo inalcanzable.

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