Opinión | Miel, limón & vinagre
Javier Durán
Jordi Évole: Entre la mística televisiva y el minuto de oro

Jordi Évole.
A la hora de saltar a Jordi Évole recurro a la no entrevista (no hubo respuestas) que le hizo Manuel Vázquez Montalbán a Jesús Quintero, El loco de la colina, para Mis almuerzos con gente inquietante. El meollo es si el 'follonero' (así nació para la TV con Buenafuente) de Cornellá de Llobregat puede lograr en plena guerra por las audiencias el clímax que inyectaba a través del plasma aquel rapsoda catódico: "Miles y miles de oyentes quedaron prendidos en el ligue de este loco que les leía poemas y creaba un lugar imaginario, confesionario, sofá de psiquiatra, pero, insisto, imaginario, donde recibía a la gente más acompañada de este mundo y las reducía a la condición de animal nocturno y solo, sin más consuelo que contarle al loco la historia de una locura diferente".
No es una digresión. La idea motriz es constatar si al heredero (o aspirante a ello) la broca del intimismo le ha supuesto un potosí periodístico. Y opino que el silencio tan turbador del onubense lunático no ha sido todavía desplazado, aunque al de Lo de Évole, en La Sexta, le corresponde la categoría, por ahora, de mancebo principal. De hecho, el programa arrancó en 2020 con el especial Tras Quintero, con 2.086.000 espectadores. La admiración es prístina.
En España no hay nada o casi nada que no pase por la polarización. Évole, cómo no, también cae en esa marmita de mala leche agitada, realizando esfuerzos sobrehumanos de postín para sacarle lasca al entrevistado: la masa, más masa que nunca, se sienta ante el televisor con el deseo ferviente de que la impertinencia y la tensión se palpe, que la subida de voltios acabe sacando de sus casillas a Josu Ternera, Nicolás Maduro o al papa Francisco, sin olvidar a los exmonclovitas Rajoy, Aznar o Felipe González y Zapatero. Con este rebaño superestrella Évole es menos Évole, cae en el afectismo, en la búsqueda de ese minuto de oro que esperan como perros desesperados, la dictadura de la audiencia. Pierde coherencia.
Fresca está aún su entrevista con el cantante Quevedo, que aparentemente se largó antes del final del programa por el empeño 'evoliano' de conseguir un adelanto del disco El Baifo, ya presentado, pero que en aquel momento estaba en plena operación de lanzamiento con el consiguiente blindaje de su contenido. Se supone que el intérprete canario se pilló un berrinche y abandonó la grabación. Évole trató de que volviera a la mesa, pero ni caso. El supuesto desencuentro entre los dos ha sido pasto de la especulación y ha creado un cisma entre los seguidores de uno y de otro: ¿fue un montaje? En el fondo, decepción e incredulidad al verificar que en el purismo también hay gusanos roedores. Sea verdad o mentira, el episodio sustancia el contagio de los medios de comunicación convencionales por las tácticas que se emplean sin complejos en las redes sociales
Pero pensemos en la consistencia de Évole. Y nada mejor para verlo encañonar el rostro humano, el perfil más recóndito de la vida del personaje que tiene delante, que observarlo en acción con José 'Pepe' Mújica (julio de 2024), expresidente de Uruguay, en una charla en su humilde chacra en la que flota la última palabra de un ser justo que va camino de la muerte y al que escuchan 1.383.000 personas. A esa sociedad de la opulencia, con graves dificultades para diferenciar entre lo frívolo y lo que es trascendente, le dice: "cuando la muerte quiera venir, que venga". Para el periodista, la entrevista dejó una huella imborrable. Una lección de humanidad. La mística televisiva.
En el barrizal de la política del día a día, imposible desligar a Évole del compromiso social mamado en Cornellá, donde el orgullo de la pertenencia viene marcado por su entrega a la lucha obrera y social por la democracia en los últimos años del franquismo. Una seña de identidad que no ha sido un parapeto para que circulen por el programa políticos de la derecha y derechona, que se someten al cuestionario y a la prefabricada ingenuidad del reportero para luego sacar pecho, y también para tocarle los cojones al entrevistador y llevarse empaquetado el liderazgo. La ultraderecha, con Santiago Abascal, se resiste. En 2020, Évole le deseo en El Hormiguero "un hostión". Y hasta ahora.
Pero no es un superhombre, hasta puede pasarlo mal por su cataplexia. A veces el elegido, su proyección estratosférica, le lleva a errar en el tiro, a caer en el equívoco de creer que su entusiasmo hiperbólico es general. Con Loquillo consiguió un mal dato de audiencia. Al personal no debió de gustarle la promesa del cantante de incorporar como telonero al grupo musical que lidera Évole, Los Niños Jesús. La tortilla se viró en el siguiente con Manuel Carrasco, sincronía total.
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