Opinión
Belinda Gil Alcubilla
Ocho bebés y un adulto: crónica de lo imposible
El 7 de mayo hay una huelga estatal, convocada por CGT, centrada en las escuelas infantiles, que no nace del capricho ni de una repentina afición a las pancartas. Nace de una realidad que, si se describe con honestidad, roza lo absurdo: aulas de bebés donde una sola persona atiende a ocho criaturas. Ocho. Seres humanos en pleno despegue vital, cada uno con sus ritmos, necesidades y, por supuesto, su innegociable urgencia.
Imaginemos la escena. Nueve de la mañana. En el aula hay ocho bebés y una profesional. Uno llora porque echa de menos a su familia, otro necesita cambio de pañal, un tercero ha decidido que hoy no quiere biberón, dos más empiezan a gatear en direcciones opuestas (uno hacia una esquina filosófica, el otro hacia cualquier rincón que prometa aventura). Mientras, alguien balbucea su primer «ma-ma», otro se cae con esa mezcla de tragedia y drama shakesperiano, y la persona adulta... bueno, la persona adulta hace lo que puede sin haber desarrollado aún el don de la ubicuidad.
No es una escena excepcional. Es el día a día. Y lo sorprendente no es que haya quejas; lo sorprendente es que el sistema siga funcionando, sostenido a base de profesionalidad y una cantidad generosa de paciencia que no cotiza en ningún convenio.
Aquí entra en juego una de las grandes reivindicaciones: la bajada de ratios. Porque no se trata de comodidad laboral, sino de calidad educativa y, más importante aún, de bienestar infantil. Atender a menos niños por adulto no es un lujo escandinavo; es una condición básica para ofrecer una atención digna. Cada bebé necesita ser mirado, escuchado (aunque aún no hable), acompañado.
Y eso no se puede hacer a la carrera, como si fuera una competición olímpica de cambiar pañales en tiempo récord.
A esto se suma otro concepto que suena técnico pero es profundamente humano: la pareja educativa. Dos profesionales en el aula no solo permiten repartir tareas; permiten pensar, observar, coordinar, sostener emocionalmente el espacio. Porque cuidar de la infancia no es solo cubrir necesidades físicas, sino construir vínculos seguros. Y esos vínculos no florecen en modo «supervivencia».
Y aquí conviene aclarar algo importante: las ratios más elevadas no son patrimonio exclusivo de un tipo de centro. Tanto en la red pública como en la privada encontramos situaciones difíciles de justificar: 13 bebés de un año para una sola persona, o 20 de dos años para un único adulto. No es una excepción ni un desliz puntual; es parte del modelo. Y claro, cuando eso ocurre, el margen para hacer bien el trabajo se reduce hasta lo casi imposible.
Y sin embargo, hablamos de educación. De la primera, la más importante. Porque en esas aulas no solo se «cuida»: se enseña. Se enseña a confiar, a explorar, a comunicarse, a esperar, a convivir. Se acompaña el desarrollo del lenguaje, de la motricidad, de la autonomía. Se construyen las bases de la seguridad emocional. No es poco. De hecho, es todo.
Todo esto se inserta en lo que podríamos llamar –con cierto humor– la «ensaladilla aragonesa de recursos». Un sistema donde conviven modelos distintos, normativas que parecen hablar idiomas diferentes y una dispersión que, vista desde fuera, tiene su encanto caótico. Desde dentro, sin embargo, se parece más a intentar montar un puzzle con piezas de tres cajas distintas. Y lo más preocupante: no se puede dejar algo tan importante al albur de la sensibilidad de cada ayuntamiento. La calidad de la atención a la infancia no debería depender del código postal ni del grado de compromiso puntual de una administración local.
También conviene poner el foco en otro debate que suele colarse de puntillas: la conciliación. Porque conciliar no puede significar, sin más, institucionalizar la infancia desde edades cada vez más tempranas. Las familias necesitan recursos, sí, pero también tiempos. Un calendario que permita estar con sus hijos e hijas, no solo organizarlos. Si convertimos las escuelas infantiles en la única respuesta, estaremos simplificando un problema complejo y, de paso, trasladando toda la responsabilidad al sistema educativo.
Quizá lo que falta es una reflexión más amplia, como sociedad. Qué modelo de infancia queremos, qué papel le damos a las familias, cuánto estamos dispuestos a invertir –no solo en dinero, también en tiempo y prioridades– en esos primeros años que tanto decimos que son cruciales.
Porque, además, no partimos precisamente de una posición envidiable. España sigue a la cola de Europa en muchos de estos indicadores, mientras que países cercanos como Portugal han apostado por ratios más respetuosas y modelos más centrados en el bienestar infantil. No es ciencia ficción: es cuestión de decisiones.
La huelga del 7 de mayo, por tanto, no es solo una protesta. Es una invitación –quizá incómoda–a mirar de frente esa aula de ocho bebés y un adulto –o esas otras de 13 y hasta 20 criaturas por profesional– y preguntarnos si de verdad creemos que eso es lo mejor que podemos ofrecer. Porque si la respuesta es sí, tenemos un problema. Y si la respuesta es no, entonces toca algo más difícil que opinar: actuar. Mientras tanto, en algún aula de Aragón, alguien sigue intentando estar en ocho, trece o veinte sitios a la vez. Y no, por mucho que nos empeñemos, eso no es educación integral. Es malabarismo. Sin red.
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