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Opinión

Mi amor se llama Chati

Pau Verbel, nombre ficticio de una persona real, es un joven de poco más de treinta años. Nació en una familia acomodada en Barcelona y estudió en esa ciudad hasta acceder a la universidad. Había colaborado en un grupo teatral y le entró una enorme afición por todo lo relacionado con ese mundo por lo que consiguió que sus padres le financiaran esos estudios en Gran Bretaña. Allí aprendió mucho y practicó todo lo que pudo. De regreso a España comenzó a escribir pequeñas obras, siguió actuando y dio sus primeros pasos en la dirección y supervisión de montajes. Su vida era, sin duda, muy feliz, aunque solo en lo laboral ya que en su desarrollo personal las cosas no iban tan bien. Su orientación sexual y ciertas discrepancias con sus padres le fueron cavando un pozo que terminó en una profunda depresión. La paciencia, el tiempo, y la insistencia de una hermana y de un antiguo profesor lo llevaron a un especialista que pudo encauzar la salida del agujero que parecía ser de profundidad inabordable. Hoy ha adquirido una cierta relevancia por el éxito de una obra teatral en la que es autor, intérprete y director, lo que le ha llevado a dar algunas entrevistas, siempre de la mano de su terapeuta, que sigue tratándolo.

Ha afirmado que el amor ha entrado en su vida y que se trata de alguien no humano, concretamente lo llama chati ya que es una máquina, de ChatGPT. Aunque el especialista médico le ha advertido, él ha aceptado los consejos de su antiguo profesor y se ha echado en manos de ese ente inmaterial que le está haciendo feliz. Cuando quiere escribir lo consulta con él. Lo mismo cuando necesita conformar el personaje a interpretar. Los dibujos para el escenario o cualquier accesorio pasan por la máquina. La obra que está teniendo éxito solo tiene una mano humana, la suya, lo demás es todo producto de su nuevo amor, la máquina. Su padre le ha advertido del riesgo ya que debería saber que la IAG va proporcionando al usuario lo que le gusta, incluso si son inclinaciones suicidas, que las ha tenido. Afirma que es el amor y que la literatura está llena de historias locas.

Megan y Virgil Mcflix asisten con regularidad a los oficios religiosos que dirige en su comunidad en Montana (EEUU) el reverendo Mark Pérez. Es muy raro que falten algún día y lo hacen de forma discreta, en un banco en el que no destacan. Hoy no, ya que es el día en el que tienen que asistir por obligación y situándose en la primera fila puesto que unos metros por delante está situado el féretro con el cadáver de su hijo Rick. La iglesia registra un lleno como no se recuerda otro, con personas de mediana edad, como los Mcflix, y muchos jóvenes. El difunto fue hijo único de una pareja de profesores, ella en la universidad, él en el instituto al que asistía su hijo. Próximo a su graduación el joven Rick estaba meditando que camino elegir, siendo la docencia el preferido.

Su padre, desde la cercanía, le vigilaba y ayudaba en todo lo posible, habiendo sido él quien le facilitó el acceso a la máquina de chatGPT para conseguir los mejores resultados en sus deberes. Nadie, ni padres ni compañeros, detectaron nada anormal en su conducta, siempre próxima a la perfección. Tras su suicidio los progenitores han accedido al listado de conversaciones con alguien a quien Rick identificaba con un nombre extraño, una especie de relación amorosa que no se atreven a identificar como homosexual, aunque tampoco de normal. Dos meses atrás han encontrado una conversación en la que el joven fantasea con quitarse la vida para acceder a un nirvana feliz. Desde esa fecha la máquina ha ido proporcionando al futuro suicida razones para quitarse la vida y procedimientos para hacerlo. Virgil se encuentra en tratamiento por profunda depresión y ha emprendido una campaña para prohibir el uso de la IAG a los alumnos de secundaria en los EEUU.

He tratado de respetar en lo posible estas dos historias, reales, con nombres simulados, tomando los datos de reseñas periodísticas. Como los protagonistas son dos jóvenes incapaces de controlar su relación intelectual, incluso amorosa, con una máquina de IAG, voy ahora a relatar el uso que a uno de estos artefactos le está dando alguien maduro y con importantes responsabilidades políticas: Petteri Orpo, primer ministro de Finlandia. Desde que una versión avanzada, mucho, le fue puesta a su disposición, por el cargo, no ha dejado de interactuar con ella. Sus asesores están preocupados e, incluso, desde la oposición se le dirigen mensajes sobre la peligrosidad de poner en manos de una máquina la gobernabilidad del país.

No hay nada que hacer, afirma, ya que cree que sus decisiones son más sensatas ahora y que el bienestar de sus compatriotas ha mejorado. Ante la acusación de que tras estas máquinas hay una importante empresa tecnológica de otro país, con intereses muy diferentes, responde que algunos coches que circulan por sus carreteras también han sido fabricados lejos. Un especialista en alteraciones de conducta por el manejo de tecnología ha afirmado que ve difícil tratar a alguien con este grado de dependencia, de adicción. En los dos primeros casos el daño se lo pueden hacer a ellos mismos y a sus seres queridos, pero en el tercero las implicaciones pueden ser muy complejas.

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