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Opinión | Miel, Limón & Vinagre

Nora Navarro

Yo también odiaba a Penélope Cruz

Penélope Cruz.

Penélope Cruz.

La primera vez que vi a Penélope Cruz en pantalla grande fue en esa fiesta de talentos que reunió Fernando Trueba en la primavera republicana de Belle Époque (1992). La benjamina de la estirpe capitaneada por Fernando Fernán Gómez como patriarca idealista de izquierdas concentraba su vitalidad naif y desbordante en esos grandes ojos castaños que hoy alojan en la retina toda la historia de las tres últimas décadas del cine español. Entonces contaba solo 18 años y su nombre ya figuraba en los créditos de la segunda película española de la historia en alzarse con un Oscar.

Ese mismo año, Pe había debutado como actriz bajo las órdenes de Bigas Luna en Jamón Jamón, donde conoció a Javier Bardem, quien años después sería el amor de su vida. A partir de esta entrada por la puerta grande al mundo del cine seguí de forma desordenada la trayectoria de una carrera cosida con los nombres de los grandes directores del panorama nacional: Pedro Almodóvar, (¡Pedrooo!), Alejandro Amenábar, Fernando Colomo, Agustín Díaz Yanes, otra vez Bigas Luna, otra vez Fernando Trueba, otra vez Almodóvar. Los ojos de España escrutaban los pasos de este huracán de Alcobendas que barría por donde pasaba pero que, por mucho que pisara fuerte, no ganaba el título de la niña de nuestros ojos. En el filo de la década, Todo sobre mi madre (1999) sumó un Oscar a la nómina patria y, un año después, la madrileña cruzó el umbral del siglo XXI por el Atlántico para aterrizar en Hollywood. Entonces contaba solo 24 años. Los primeros títulos de su etapa hollywoodiense resultaron un fracaso. Fue maravilloso. Claro, todas odiábamos a Penélope Cruz. La actriz construyó una muralla alrededor de su corazón y no podíamos vislubrar el rostro detrás de la intérprete. ¿Cómo podía erigirse en la representante de España en la meca del cine esta reina de hielo? Nos avergonzaba su acento, nos inquietaban sus noviazgos, nos irritaban sus declaraciones y cuestionamos su belleza, cuestionamos su talento. Pero Pe siguió adelante, con una media de hasta cuatro películas por año, "tan echadita palante, tan sin miedo", como escribe Abreu en Panza de burro. Acaso impulsada a "fracasar mejor", como esgrimía Beckett. De un volantazo, nos sorprendió con un portentoso papel en el melodrama italiano No te muevas, por el que llovieron los premios y el reconocimiento de la crítica internacional. Luego volvió, con la frente marchita, a las filas de Pedro y Volver (2007) le valió su primera nominación al Oscar.

Ya sabemos que lo ganó un año después por Vicky, Cristina, Barcelona, de Woody Allen, ya unida sentimentalmente a Bardem. Pero España seguía polarizada con respecto a su vocación y capacidad interpretativa. La lupa se agigantaba a medida que de Penélope Cruz escalaba sus senderos de gloria. Y el goteo de galardones continuó cimentando una filmografía rodada en cuatro idiomas, unos 70 premios nacionales e internacionales y más de un centenar de nominaciones. Cuando ya navega con fluidez en las aguas que ella elige, desde la saga de Piratas del Caribe a autores como Asghar Farhadi o Ridley Scott, la actriz elige mojarse: condena abiertamente el genocidio en Gaza -nos situamos en los primeros 2000, no en el presente, que también-; critica la gestión política que castiga al cine español, demanda más inversión en educación y cultura, muestra su apoyo incondicional al movimiento #MeToo.

Para el ala conservadora, sus testimonios son un escándalo; para los progresistas, su implicación llega tarde, no es creíble, no puede sentirse interpelada una estrella del Olimpo. A sus 52 años, cumplidos ayer, Penélope sigue eligiendo las orillas en que atraca su barco: desde hace tres años y medio pergeña un documental que dirige y produce, concebido como "una carta de amor a las mujeres"; se embarca en el delirio camp de La novia con Maggie Gyllenhaal; paladea un nuevo hito con la puesta de largo de Los Javis en Cannes y confiesa, en una exclusiva reciente, que "al comienzo de cada rodaje aún tengo miedo de que me despidan".

Entonces vuelvo a los grandes ojos castaños de la joven Pe en Belle Époque y su célebre frase: ¡Yo no soy una niña! Y me pregunto si odiábamos a Penélope Cruz por ser una estrella que abrió camino sin pedirnos permiso o por ser una curranta infatigable que puso su talento ante los ojos del mundo con tanto esfuerzo como arrojo. En la batalla que inventamos, o que nos inventaron, ganaste tú, Penélope; no porque perdiésemos nosotras, sino porque, cada vez que ganas tú, ganamos todas.

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