Opinión | El trasluz
Esa señal

Un hombre lee un periódico. / Shutterstock
Escucho decir a un personaje de la serie Euphoria algo así como que la vedad tiene muchas versiones, pero que todos sabemos cuándo mentimos. He ahí una idea perturbadora, sobre todo examinada desde el que hace periódicos, aunque también desde quien los lee. La primera mitad nos tranquiliza. Aceptamos sin dificultad que la realidad llega fragmentada y que cada cual la recompone con los materiales de que dispone: datos, prejuicios, intereses, afectos. Un periodista no es más que un montador de secuencias. Elige un plano y descarta otro, acerca la cámara o la aleja, decide dónde empieza y dónde termina la escena. Nada de eso es necesariamente mentira. Es, digamos, oficio.
La segunda mitad, en cambio, introduce una grieta por la que se cuela el frío. Porque ya no habla de versiones, sino de mentira. Y la mentira, a diferencia de la versión, no es una técnica sino un gesto de orden moral, casi invisible, que se perpetra en un momento exacto del proceso, en ese instante en el que uno sabe (o intuye) que está retorciendo algo. He conocido a periodistas que describen ese momento con una incomodidad física. No es tanto una idea como una sensación: una resistencia de la frase que no termina de encajar, una palabra que pide ser cambiada y que, sin embargo, se deja tal cual. El lector recibe el texto cerrado, limpio, razonable. Pero en su interior algo cruje.
De ahí que también el lector o el espectador del telediario participen del juego, porque no es raro que reconozcan, aunque de un modo difuso, cuándo algo no encaja y decidan, sin embargo, ignorarlo. Esa noticia demasiado redonda, ese titular que parece haber nacido sabiendo ya la conclusión, esa unanimidad sospechosa. No pueden demostrarlo, pero lo perciben, como se percibe un mueble fuera de su sitio. Quizá el periodismo consista en administrar versiones sin ignorar esa curva en la que la versión se convierte en otra cosa. Y quizá la ética no tenga que ver tanto con grandes principios como con la capacidad de atender a esa señal que nos avisa de que estamos cruzando una línea. Lo alarmante, pues, no es que la verdad tenga muchas caras, sino que la mentira solo tiene una. Y está ahí, reconocible, tanto para que el que decide escribirla como para el que decide aceptarla.
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