Opinión | DELANTE DE TUS NARICES
Cosas importantes
Recojo a Carmen un poco antes de la escuela infantil un viernes por la tarde para ir a merendar con sus hermanos. Lleva el uniforme, la mochila con una bata, un babero y su vaso de plástico, y una de la media docena de muñecas que llama «mis hijas».
El comportamiento de esa hija ocupa la mayor parte de su conversación hasta que llegamos al metro cerca del colegio de sus hermanos. También vamos contando algunos cuentos. Empieza con Blancanieves, que ella arranca así: «La madrastra era muy mala y el rey era más tonto que un tomate». Las madrastras suelen ser malas, pero hay algunas buenas, explica. Le molesta que el vagón del metro tiemble tanto: varios pasajeros concuerdan.
Después de recoger a sus hermanos nos encontramos con tres monjas en un paso de cebra y aprovecha la ocasión para decir: «Esa señora está muy gorda, creo que lleva un bebé en la tripa», lo que causa un poco de desconcierto.
A un par de señoras les pregunta cómo se llaman sus perros. Las dos llevan auriculares y no la oyen, una se da cuenta de algo y responde al cabo de un momento: su perro se llama Cani. (La señora no parece entender las preguntas de Carmen sobre la correa, así que seguimos).
Carmen se toma un helado de fresa y su hermana le coloca la muñeca como si fuera un marsupial, cosa que a ella le parece mucho más adecuada. Va cantando por la calle: «caca culo pedo pis, la bandera de París». Sus hermanos (que le han enseñado la canción) dicen que es «la comida de París», pero ella prefiere su versión. Su hermano pregunta si París tiene bandera. Buscamos la de Madrid: dice que es muy fea, la de Zaragoza es mucho más bonita.
Mientras toman helados hablamos de cosas importantes, como el hantavirus y los ratones colilargos, un viaje que queremos hacer a Almería el próximo fin de semana y el final del caudillo vikingo Harald Bluetooth Gormsson, que probablemente murió a causa de las heridas tras combatir con su hijo Sweyn Forkbeard, pero, según otras fuentes, falleció tras recibir una flecha en el recto cuando estaba en la letrina.
Después Carmen y yo nos vamos a hacer unos recados y en la calle advierte a una señora: «Oye, que los tacones no se llevan por la calle», porque ella tiene unos zapatos de tacón, pero todavía no la dejamos salir de casa con ellos.
De vuelta a casa, me dice en el metro: «Hay una serpiente». Miro un rato hasta que la localizo: está en el brazo de un chico lleno de tatuajes.
«No nos pintamos serpientes porque nos pueden comer», le dice Carmen al joven, que escucha atentamente.
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