Opinión

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Cancelar a Labordeta
A la ultraderecha no hace falta darle ideas. Son un manantial de iniciativas y propuestas que no se nos habían pasado por la cabeza. Sus tentáculos judiciales (Hazte Oír, Abogados Cristianos, Manos Limpias) están a la que salta, para querellarse contra cualquier ley igualitaria, contra cualquier intento de recuperar la memoria (o los huesos) de quienes fueron asesinados por defender la justicia social y la libertad (no la de irse de cañas, la de verdad). Los no natos de España merecen para ellos todo el respeto que no tienen los natos de Gaza, que malviven entre ratas y bombas del Estado de Israel.
Cuando ocupan escaños en los parlamentos autonómicos y asientos en los salones de plenos de nuestros ayuntamientos los vemos con la naturalidad de haber convivido con ellos durante años en las calles, en los bares, haciendo comentarios que nos parecían aberrantes sobre las mujeres, sobre los inmigrantes, sobre los homosexuales, sobre los pobres, que son los trabajadores en los que no quieren verse reflejados. Nos cruzamos con ellos y bajamos la mirada mientras ellos aspiran a sacarnos del espacio público, de las instituciones, porque no toleran que nadie represente a esos colectivos y menos aún que esas ideas gobiernen nuestras ciudades o nuestro país.
La ultraderecha no tiene siglas. Es lo que es. Prioriza a los maltratadores españoles sobre los extranjeros. Aunque no mire el pasaporte si de compra de inmuebles o de extensiones agrarias se trata. Hasta lo más sagrado, nuestros equipos de fútbol, languidece en manos de tenedores asiáticos y americanos. El dinero no tiene bandera, la pobreza sí. Por eso nuestros ojos miran con recelo a los menores subsaharianos que pasan el rato sentados en cualquier plaza, pero no a los turistas de piel clara que pasean sus maletas por el centro de la ciudad.
Pero no son ellos, somos nosotros. Creímos que podíamos normalizar la alegría, el respeto, la tolerancia. Y la tolerancia nos dio en toda la cara.
Todavía no tiene una estatua en Zaragoza pero tiene algo mejor, el nombre de un parque. José Antonio Labordeta es patrimonio local, regional y nacional sin necesidad de calificación por la Dirección General de Patrimonio. Mi primer recuerdo de él se remonta a una casete de un concierto en directo grabado en el Teatro Principal de Zaragoza. Con quince años tuve el atrevimiento de mandar una carta a su casa de la calle Zurita (su domicilio salía en la guía telefónica) para pedirle una entrevista para el programa de radio que yo hacía en la emisora libre de mi pueblo. Me sugirió hacerla en un concierto que tenía pocos días después en Ejea. Como yo no tenía medio de volver a Gallur, se ofreció a llevarme de vuelta. Conservo la carta que me escribió para concretar el encuentro. Así que tengo un recuerdo especial de Labordeta. Creo que como casi todo el mundo que en algún momento tratara con él. Cuando se murió y pudimos homenajearle en la Aljafería, recuerdo pasar ante su féretro y tirarle un beso, con Belloch delante llorando como una Magdalena. Fue ese alcalde de la ciudad el que cambió el nombre del parque Miguel Primo de Rivera, fundador de la Falange, para darle el nombre del cantautor. Aunque para muchos desafectos seguía quedando la opción de llamarle «el parque grande».
No contento con eso, el juez convertido en alcalde subió a Labordeta al balcón del Ayuntamiento para institucionalizar la entonación colectiva del «Canto a la libertad» como arranque de las fiestas del Pilar en pleno pregón. La tradición ha llevado a que su canción Somos también suene en la clausura de los festejos populares. Nadie, hasta el momento, se ha mostrado molesto por ello. Porque Labordeta, histórico del Partido Socialista Aragonés (desvinculado del PSOE) y posteriormente adscrito a Chunta Aragonesista, representó valores por encima de siglas e ideologías.
Igual que suena el himno de España al inicio de cada corrida de toros de la feria del Pilar (hecho que hasta hace poco no era habitual), suena Labordeta al comienzo de cada festejo popular en las mañanas del coso de La Misericordia. A algunos les molesta esto último. Concretamente al alcalde de Barbastro, que en el día de Aragón censuró el canto de la tonada.
No hay mucho que explicar ni mucho que defender. Labordeta ya no está vivo pero su memoria y todo su legado sí. Así que habrá que hacer entender a algunos que la obra de un artista no se oculta silenciándole. Más bien desenmascara a los que querrían vivir en una realidad de mordazas a los que piensan distinto.
(Este artículo está escrito a sugerencia de José Luis Zalaya, alcalde de Gallur entre los años 1983 y 2003).
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