Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Trump-Xi, una relación incierta

Donald Trump viaja a China con 14 grandes empresarios en su séquito, entre ellos Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple) y Kelly Ortberg (Boeing), pero enfrentado a una ecuación difícil de resolver: facilitar las relaciones comerciales con el gigante asiático y, al mismo tiempo, ahogar a la economía iraní sin que tal cosa incomode a Xi Jinping. En los prolegómenos del viaje, el régimen chino no se ha privado de anunciar que no respeta las sanciones de Estados Unidos al régimen de los ayatolás, corregidas y aumentadas a raíz de la guerra, y ha deplorado la disposición de la Casa Blanca de seguir vendiendo armas a Taiwán. Para redondear el desafío, China se ha apresurado a difundir el desarrollo exponencial de su comercio verde –paneles solares, coches eléctricos y baterías–, que entre marzo de 2025 y marzo de este año ha crecido el 70%, una cifra que empequeñece las de la transición energética en Europa e impugna la oportunidad y rentabilidad de las energías fósiles de acuerdo con los planes de Trump en su segundo mandato, por no hablar de su impacto en la emergencia climática.

Hay en la expedición de Trump a China cierta debilidad de partida porque se ha diluido su propósito de recortar el suministro de petróleo a Pekín, mediante el sometimiento del régimen iraní, visto el crecimiento de la importación de petróleo ruso y la progresiva disminución del peso del crudo en la transición energética acelerada, activada por Xi. Se da, al mismo tiempo, una contradicción flagrante entre la búsqueda de una relación comercial ventajosa con China –de ahí la presencia de los empresarios– y la pretensión de dificultar el crecimiento de su economía.

Se ha convertido China en el gran competidor de Estados Unidos a escala global y la adecuación a esa realidad choca frontalmente con la situación de la economía estadounidense, dañada por la inflación y por las crecientes dificultades para aplicar una política arancelaria proteccionista, contestada en los tribunales y por los empresarios, obligados a competir en clara desventaja con las condiciones del comercio exterior chino. Un marco de referencia que favorece en gran medida la penetración de China en el mercado europeo y hace posible el progresivo desarrollo de un entramado financiero 2.0, en el que Pekín fija las reglas y los BRICS acomodan sus negocios a él. Todo ello, a menos de medio año de las elecciones de mitad de mandato y con el índice de aceptación de Trump claramente por debajo del 40%.

Si en el anterior viaje de Trump a China, hace más de ocho años, cundió la impresión de que había espacios para el acuerdo en una situación de competencia creciente a escala mundial y, de manera específica, en el Pacífico occidental, ahora parece aventurado llegar a una parecida conclusión. La guerra de Irán y sus consecuencias han modificado los datos esenciales de una relación compleja por definición y que requiere dosis intensivas de estabilidad y realismo para que no se resienta la economía en todas partes. Pero es la conocida imprevisibilidad de Trump un factor determinante de incertidumbre, atrapado el presidente en una guerra que todo lo condiciona, con el precio de la energía en primer lugar, y sin resquicios visibles de que es posible un desenlace a corto plazo que facilite la relación entre las superpotencias. 

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents