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Opinión | erre que erre

Zaragoza

El ciclo que no dio oxígeno a Feijóo

El presidente del PP de Andalucía y candidato a la reelección de la Presidencia de la Junta, Juanma Moreno, (d) y el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, (i) durante un acto de campaña en Málaga

El presidente del PP de Andalucía y candidato a la reelección de la Presidencia de la Junta, Juanma Moreno, (d) y el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, (i) durante un acto de campaña en Málaga / Álex Zea - Europa Press

Andalucía baja el telón del ciclo electoral que el PP abrió con la pretensión de convertir cada cita autonómica en un peldaño hacia la Moncloa. Extremadura, Aragón, Castilla y León y finalmente la comunidad andaluza han servido para medir el desgaste del PSOE, sí, pero también para comprobar algo que en Génova intentan disimular: que el liderazgo de Núñez Feijóo no termina de generar el impulso político que el PP esperaba.

La derecha diseñó este calendario como una especie de reconquista territorial. El objetivo era claro: aprovechar el deterioro del Gobierno de Pedro Sánchez para construir un relato de cambio imparable. Pero la realidad ha sido bastante menos épica. En Extremadura y Aragón no se consiguió el vuelco soñado y en Castilla y León el PSOE resistió mejor de lo previsto. Ni siquiera la erosión evidente de los socialistas ha servido para convertir al PP en una alternativa incontestable.

En ese intento por ensanchar su espacio electoral, el PP ha terminado comprando buena parte del marco ideológico de Vox. La prioridad nacional, el discurso identitario, la tensión permanente sobre la unidad de España o la batalla cultural han dejado de ser patrimonio exclusivo de la ultraderecha. La diferencia entre ambos partidos es ya más estética que de fondo. Y eso tiene consecuencias.

Porque cuanto más se acerca el PP a Vox, más dificultades encuentra para ocupar el centro político que necesita para gobernar con comodidad. El caso andaluz ha sido revelador. Allí, donde Juanma Moreno ha construido una imagen moderada y pragmática, la dirección nacional del partido ha optado por rebajar el tono hasta casi desaparecer de la campaña. No por casualidad. En Andalucía se ha puesto de manifiesto que Feijóo no suma; incluso puede restar. El candidato andaluz ha necesitado proteger su perfil propio frente a las guerras culturales y los excesos verbales que acompañan al PP nacional.

Estas elecciones también pueden marcar el primer gran frenazo de Vox. Pero incluso si la formación de Abascal retrocede, el debate ya se ha desplazado hacia posiciones que hace apenas unos años parecían marginales. Esa es la verdadera victoria de Vox y el gran dilema del PP: depender de un discurso que moviliza a una parte de la derecha, pero dificulta ampliar mayorías.

Ahora llega un tiempo políticamente incómodo para Feijóo. Se abre un año largo hasta las municipales y autonómicas. Nadie cree seriamente que Sánchez vaya a adelantar las generales. Así que el líder popular tendrá que sostener durante meses una expectativa de victoria que todavía no termina de concretarse en resultados decisivos. Y quizá ahí esté la gran paradoja de este recorrido electoral. Feijóo llegó para ganar tiempo, para estabilizar al PP y preparar la alternativa. Pero después de este ciclo, igual no ha conseguido ni eso.

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