Opinión | EL RINCÓN DE PENSAR

Subdirector de "El Periódico de Aragón"
La indignación era y es muy poderosa
El drama de la vivienda alimentó el 15M en 2011, pero entonces se ponía el foco en los poderosos como responsables y ahora la ultraderecha capitaliza ese malestar señalando a los inmigrantes y a la okupación como la mayor preocupación

Acampada del 15M en la plaza del Pilar de Zaragoza, en 2011, hace ya 15 años. / Toni Galán / Efe
Quince años ya han pasado del 15M, uno de los movimientos sociales más importantes del siglo actual y que, transcurrido este tiempo y viéndolo con perspectiva, nos debería invitar a reflexionar sobre cómo hemos llegado a este punto. No al de mayo de 2011 sino al actual. ¿Por qué hemos pasado de poner el foco en los desahucios de familias vulnerables que provocaban suidicios a considerar que crea más alarma la okupación? Si no lo dicen las estadísticas ni la realidad constatable de ese drama de la vivienda, o emergencia habitacional que se decía entonces, o si muchos de esos inmuebles siguen estando en manos de los mismos que antes... ¿Por qué ahora los protagonistas son esas agencias privadas que se pavonean de desalojar por la vía rápida y no los vecinos que acuden a socorrer a quienes están al borde del precipicio del desahucio? ¿Por qué el mensaje del miedo y la inseguridad cala tanto si no ha cambiado tanto la delincuencia en estos años? ¿Y por qué nos mueve más el miedo que la indignación?
Está claro que hay parte de culpa en la izquierda del auge de la extrema derecha, porque se ha dejado arrebatar la bandera de esa indignación que llenó de tiendas de campaña la plaza del Pilar. Y ahora el enemigo no son los bancos o los poderosos sino los inmigrantes, qué lamentable. Se busca es poner el foco en el que es más débil o no se puede defender. ¿De verdad nos creemos que ellos son la amenaza, que su desaparición significará que a los españoles nos irá mejor? ¿De verdad hemos llegado al punto de no repudiar a quienes entonan ese discurso de la prioridad nacional?
El 15M trajo cosas buenas a la sociedad, como esa exigencia por la transparencia o la participación activa del ciudadano, esa que también da tanto miedo a algunos partidos. Y también trajo a la política gente que, de buena fe, no se esperaba llegar tan rápido al estrellato, a esa primera fila de la política que tritura al inexperto y premia al superviviente aunque no aporte gran cosa. Todos llegaron a las instituciones con ganas de escuchar, cuando hay puestos a los que uno debe llegar con la lección aprendida. Sus propios errores por inexperiencia e ingenuidad les convirtieron en blanco fácil, y sus prejuicios adquiridos antes de entrar derivaron en desconfianza con todo lo que les rodeaba y una inseguridad que les inmovilizaba por el terror a fallar. Quizá el espíritu del 15M se haya esfumado, pero mereció la pena vivir que, por una vez, sí se le podía dar la vuelta al sistema. El problema es que la indignación es poderosa y ahora todos lo saben, también la ultraderecha.
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