Opinión | El artículo del día
Francisco Pellicer / Daniel Sarasa
La ciudad, entre la nube y la esponja
El 6 de julio de 2023, una tormenta descargó sobre el sur de Zaragoza más de cincuenta litros por metro cuadrado en menos de una hora. El resultado fueron coches flotando en Parque Venecia, conductores atrapados en la Z-30 y el Barranco de la Muerte recuperando violentamente su cauce histórico bajo el tercer cinturón.
Valencia vivió algo parecido en octubre de 2024, con registros cercanos a 180 litros por metro cuadrado en una hora en algunos puntos de la provincia. Zhengzhou superó los 200 en 2021. El calentamiento global está intensificando las tormentas extremas y lo que antes era un «evento de cien años» empieza a repetirse con una frecuencia inquietante. Nuestras ciudades siguen diseñadas para un clima que ya no existe.
Durante décadas, el urbanismo respondió a la lluvia con más hormigón: colectores, canalizaciones y depósitos de tormenta. Zaragoza mantiene esa lógica en la remodelación anunciada para el Barranco de la Muerte, con diques de laminación, nuevas infraestructuras hidráulicas y financiación parcial de AWS.
Pero existe otra estrategia. Frente a la ciudad impermeable, cada vez más urbes apuestan por la «ciudad esponja»: parques inundables, suelos permeables y corredores verdes capaces de absorber y ralentizar el agua antes de que se convierta en desastre. Rotterdam, Copenhague o Singapur avanzan en esa dirección.
En Zaragoza, esa tradición tiene nombres propios: Iñaki Alday y Margarita Jover, responsables del Parque del Agua Luis Buñuel para la Expo 2008. El parque funciona también como infraestructura de resiliencia preparada para inundarse temporalmente. El agua deja de ser un enemigo externo para incorporarse al diseño urbano.
La ciudad esponja contiene también los llamados «jardines de lluvia», que retienen agua, filtran contaminantes, mitigan el fenómeno de la isla de calor y descentralizan la gestión del agua mediante procesos físicos simples, visibles y mantenibles públicamente. Sin cajas negras. La resiliencia urbana depende también de la capacidad institucional para resistir una crisis sin perder control público sobre infraestructuras, datos y servicios esenciales.
Porque el acuerdo entre el ayuntamiento y AWS incorpora además una dimensión menos visible: sensores en los barrancos del término municipal y una plataforma capaz de interpretar datos en tiempo real mediante IA. El proyecto, del que poco se conoce, plantea una cuestión política de fondo: quién controla la infraestructura digital sobre la que empiezan a apoyarse servicios públicos esenciales.
El proyecto de smart city impulsado por Google en Toronto naufragó por la falta de respuestas claras sobre la gobernanza de los datos urbanos. Porque los datos no son neutrales: determinan cómo se gestionan riesgos, inversiones y servicios. Cuando esa capacidad queda concentrada en plataformas privadas, la dependencia pasa a ser también informacional.
Nada de esto implica rechazar tecnología o colaboración público-privada. Los sensores y los sistemas predictivos pueden salvar vidas. Pero existe una diferencia importante entre usar tecnología para gestionar una ciudad y convertir la ciudad en una plataforma tecnológica dependiente de corporaciones privadas.
Tres años después de las inundaciones, al sur del Barranco de la Muerte se está hormigonando la gran superficie que albergará el nuevo centro de datos de Microsoft. Conllevará la tala de numerosos árboles y aparecerá una nueva superficie impermeable donde antes había tierra que filtraba. Aguas abajo del Barranco de la Muerte, los usos urbanísticos no se han cambiado; además del colegio de primaria que el agua inundó hay también un instituto y una escuela infantil.
Como medida de urgencia para prevenir desastres, puede tener sentido usar hormigón y sensores, pero la pregunta decisiva quizá sea otra: qué modelo de ciudad a medio plazo estamos construyendo encima. La nube puede seguir siendo de Google, Microsoft o Amazon, pero los usos de la tierra, el futuro de Zaragoza y su seguridad debe seguir en manos de la ciudadanía que la habita.
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