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Opinión

Juan Martínez de Salinas

Juan Martínez de Salinas

Especialista en gestión de talento

Edadismo mata talento

En España tenemos una habilidad curiosa: somos capaces de decir que «las personas son lo más importante» y, dos frases después, descartar un currículum porque alguien nació en 1972. Eso sí que es eficiencia... pero selectiva.

Porque el problema del edadismo no es solo que exista, sino que lo hemos normalizado tanto que casi ni lo identificamos. Según Cruz Roja, el 65% de las personas ni siquiera sabía qué significaba «edadismo» hasta hace poco. Traducido: discriminamos... pero con elegancia semántica y bastante tranquilidad moral.

Mientras tanto, la realidad es menos elegante. En España, uno de cada tres desempleados tiene más de 50 años y cientos de miles de profesionales buscan trabajo con una dificultad añadida que no aparece en ninguna oferta: la edad. Más de la mitad de los mayores de 45 afirma haber sufrido discriminación por este motivo. Pero luego abrimos muchas webs corporativas y leemos aquello de: «Buscamos talento diverso». Diverso... siempre que no cumpla años.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones del mercado laboral: se pide experiencia, liderazgo, resiliencia y visión... pero cuando alguien las tiene de verdad, resulta que «no encaja en la cultura». Es como querer un buen vino… pero que no haya envejecido. O pedir un cirujano con veinte años de experiencia... pero con cara de becario.

El problema no es la edad; es el relato que hemos construido sobre ella: que lo joven es adaptable, digital y motivado, y que lo sénior es rígido, caro y difícil de gestionar. Un relato cómodo... pero profundamente simplista.

Porque la evidencia dice otra cosa: la mayoría de las personas considera que cumplir años no reduce la productividad y, aun así, la probabilidad de que un perfil sénior sea llamado a entrevista puede ser hasta un 50% menor. Ni siquiera llegan a defenderse o demostrar lo que saben hacer. Hablamos de igualdad de oportunidades... pero cerramos la puerta antes de que alguien pueda tocar el timbre.

Además, el edadismo rara vez es explícito. No suele aparecer un «abstenerse mayores de 50». Es más sofisticado. Se esconde en frases como «perfil dinámico», «equipo joven», «alto potencial» o «proyección a largo plazo». No se excluye directamente... pero se filtra indirectamente.

El resultado es un mercado laboral que desperdicia talento. Mientras dejamos fuera a profesionales con experiencia, criterio y red de contactos, invertimos recursos en formar desde cero a perfiles que –con suerte– alcanzarán ese nivel dentro de años. Es como tirar un mueble sólido porque «ya tiene años» y comprar uno en kit que todavía hay que montar. Y luego sorprendernos porque cojea.

Además, en una sociedad envejecida como la nuestra, esto no es solo un problema ético; es también económico. España aumenta su esperanza de vida y reduce su natalidad. Cada vez habrá más profesionales sénior y menos jóvenes incorporándose al mercado. Pretender sostener el sistema excluyendo a una parte creciente de la población activa no es solo incoherente: es inviable.

Y hay otra derivada menos visible: el impacto psicológico. El edadismo no solo expulsa del mercado laboral; también erosiona la autoestima y la identidad profesional. Porque cuando alguien con 25 o 30 años de experiencia deja de recibir llamadas, empieza a cuestionarse su propio valor.

Aquí llega la gran verdad incómoda: si todo va bien, todos vamos a ser «demasiado mayores» algún día. Todos. Así que la pregunta no es qué hacemos con los mayores de 50. La pregunta real es qué tipo de mercado laboral estamos construyendo para nosotros mismos dentro de diez o quince años.

La solución no pasa por campañas bonitas ni discursos inspiradores. Pasa por decisiones coherentes: eliminar sesgos en selección, apostar por evaluaciones por competencias, garantizar entrevistas a perfiles válidos e invertir de verdad en formación continua y competencias digitales. Aprender no tiene edad; dejar de aprender sí tiene consecuencias.

También implica revisar creencias. Muchas veces el problema no es la persona de 55 años que «no se adapta», sino la organización que no sabe integrar perfiles distintos. Es más fácil culpar al candidato que cuestionar el modelo.

Quizá el cambio más importante sea cultural: dejar de asociar edad con obsolescencia y empezar a verla como experiencia, aprendizaje y capacidad de anticipación. Quien ha atravesado crisis, cambios tecnológicos y transformaciones organizativas no es un lastre; es una ventaja competitiva entrenada.

Porque cuando una empresa descarta a alguien por tener 50, 55 ó 60 años, no está dejando fuera el pasado. Está renunciando, sin saberlo, a una parte clave de su futuro.

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