Opinión
Puñaladas y sonrisas
La esquizofrénica relación entre el Partido Popular y Vox, tanto a nivel ideológico, general, como en las particulares divergencias personales de sus líderes, vuelve a manifestarse en los prólogos de la formación del nuevo gobierno andaluz.
El candidato mejor situado para formarlo, Juan Manuel Moreno, ha dicho que no quiere a los de Abascal en su gabinete. Prefiere seguir siendo «él» antes que meterse en un «lío». Muy similares cosas afirmaba su compañera extremeña María Guardiola, para concluir plegándose a las exigencias de su nada deseado pero muy necesario socio. Los enfrentamientos entre Vox y el PP han menudeado durante las últimas cuatro campañas autonómicas, tanto como sus mutuas descalificaciones. Con antelación al desprecintado de las urnas sus candidatos no habían sido vistos en común, ni participado en acto conjunto alguno. Dedicándose, sobre todo, a tratar de ampliar o reducir la distancia con el rival, a «robarle» votos y significarse ante el electorado como una clara opción de futuro, en especial de cara a las próximas generales.
Y, sin embargo, después de esas broncas campañas, de perderse el respeto, ridiculizarse, amenazarse, descalificarse, hemos visto a los líderes de ambas formaciones sentarse finalmente a la mesa de los pactos para levantarse con grandes sonrisas y posados ante la prensa.
Aquellas personas —la mayoría— que no conocen los entresijos de la política española, se sorprenderán, seguramente, viéndoles pasar de la enemiga a la amistad en horas veinticuatro, trocando sus empujones por abrazos, sus descalificaciones por buenas intenciones, sus vetos por votos unidos en gobiernos partidos, más que compartidos. Tan súbita mutación, del odio al amor, de la inquina al respeto, del disenso al acuerdo desconcierta a más de uno y de dos, quienes acaso se preguntarán: ¿de qué pasta estarán hechos?
Es una buena pregunta, desde luego, y nada fácil de contestar. Algún político de los llamados «profesionales» haría mención a la conveniencia de tener «piel paquidérmica» o «comerse un sapo cada mañana», a fin de equiparse con la suficiente indiferencia —¿y amoralidad?— como para hacer frente a las vicisitudes y cambios de la política. Hay políticos —¿o había, más bien?— que no son así. Pero no les dejan.
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