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Opinión

Eneko Vergara

Eneko Vergara

Docente e ingeniero de la Edificación

Zaragoza

Educar entre grietas

Resulta incomprensible que en pleno siglo XXI sigamos exigiendo excelencia educativa en espacios que, en muchos casos, presentan condiciones impropias de una sociedad avanzada

El mes de mayo se ve envuelto por una gran multitud de huelgas y manifestaciones en torno a la educación pública en distintas comunidades autónomas de España. Estas protestas no son fruto de un malestar pasajero, sino un deterioro paulatino y alarmante de un servicio que afecta al conjunto de la sociedad. Los problemas son diversos, pero les citaré uno de gran relevancia del que apenas se habla y que resulta profundamente alarmante: el estado actual de los edificios educativos.

En mi corta pero diversa experiencia como docente en diversos centros públicos de Aragón, he podido comprobar de primera mano la realidad que esconden muchos institutos, estos se muestran al público como imponentes, pero detonan que han carecido del mantenimiento pertinente. Mi formación y experiencia como ingeniero de la Edificación y una experiencia de 8 años como jefe de obra, puedo afirmar con rotundidad que estos problemas son tanto estructurales como funcionales. Fisuras, grietas, desconchones, filtraciones y goteras son algunas de las patologías del paisaje cotidiano de muchos edificios, donde alumnos y docentes pasan gran parte de su vida.

Todavía recuerdo el día en el que una intensa lluvia provocó filtraciones en un centro educativo, hasta el punto de que las dos trabajadoras de los servicios de limpieza tuvieron que dedicar toda la mañana a achicar agua de un departamento, abandonando sus tareas de limpieza en las aulas. Lo realmente preocupante es que situaciones como esta se viven con absoluta normalidad.

Mientras tanto, las administraciones miran hacia otro lado. Conviene recordar que los edificios únicamente están sujetos a la ITE (Inspección Técnica de Edificios), revisión que se realiza cuando el inmueble alcanza los 50 años de antigüedad. ¿De verdad debemos esperar medio siglo para comprobar si los lugares donde estudian nuestros jóvenes son seguros y adecuados?

A todo ello se suma una realidad energética y climática propia de otro tiempo: sistemas de calefacción obsoletos, ausencia de sistemas de refrigeración, ventanas con vidrios simples y edificios construidos sin tener en cuenta la arquitectura sostenible o bioclimática. El resultado es que alumnos y profesores soportan temperaturas extremas durante gran parte del curso, lo cual dificulta seriamente el aprendizaje y las condiciones mínimas de confort.

Resulta incomprensible que en pleno siglo XXI sigamos exigiendo excelencia educativa en espacios que, en muchos casos, presentan condiciones impropias de una sociedad avanzada. La educación no puede sostenerse sobre edificios que se deterioran lentamente, mientras todos miramos hacía otro lado. Si este es el estado actual de muchos centros, la pregunta es inevitable: ¿cómo estarán dentro de diez o veinte años si seguimos normalizando el abandono? Cada grieta ignorada y cada reparación aplazada acercan a nuestros centros educativos a una degradación cada vez más difícil y costosa de revertir.

Quiero dar a conocer esta difícil situación para que la sociedad tome consciencia y reflexione. Porque cuando se abandona el estado de los centros educativos, no solo se deterioran paredes y techos, también se deterioran el valor que damos a la educación pública y al futuro de nuestros jóvenes. 

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